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Escribe Alberto Vaccaro

 

 

Te busqué en el aula, en los ojos de tantos. Sentí que estabas pero te escondías. Intercepté miradas, busqué expresiones, gestos, algo…

Mientras la charla transcurría  entre preguntas y relatos, quise encontrarte como antes. Sé que estabas, pero todo cambia. Ya no tienes aquella sonrisa fresca y la picardía acotada por las reglas.

Hoy te ves diferente, como si fueras mutando de rostro en rostro, ora alegre, ora triste, con un brillo culpable en la pupila. Ya no te detienes cuando reclamas, en la verja del respeto. Pero eras tú, en versión actualizada, con el alma a la vista y el corazón en la mano, con los ideales altos, la ilusión creciente, las dudas que confunden, la inseguridad que te define.

Te buscaba mi recuerdo, pero te volvías invisible y aparecías con formas nuevas. Te di la mano, te abracé, te miré a los ojos, te dije algo para que notaras mi afecto… y seguí camino para buscarte en el salón de al lado.

 

Será tal vez el mar, el susurro de olas que llegan desde cerca

Será el concierto coral de la cañada en versión de tormenta.

Serán, en mi horizonte irrepetible, las formas gastadas del cerro

O el nudo de rutas que  cruzan el corazón de mi pueblo.

Serán los puentes, el parque, la plaza, la gente con la que charlo

O los campitos que pintábamos de estadio los sábados de tarde.

Serán los caminos a los que me entrego, conectado al cosmos,

Los recuerdos que me enriquecen desde niño hasta quien soy.

Serán los afectos que nacen y se multiplican, la conciencia colectiva,

Las lecciones aprendidas, las que pretendí enseñar, las que da la vida

Los maestros espontáneos que un buen alumno valora en cada esquina

Será la historia y mi identidad comprometida y enraizada en el terruño.

O mis dudas, mis sueños, mis mejores intenciones, lo que asumo.

Será haber encontrado un lugar en la complejidad del Mundo,

Un rol, una bandera, un acimut, para crecer como persona-

Será encarar con fuerza y decisión, cada misión que me enamora…

El arroyo que canta entre las piedras, el trinar polifónico del bosque,

El crujir del pedregullo bajo la rueda de la bicicleta, el sol radiante…

Las curvas y colinas  infinitas, la brisa suave o el viento desafiante…

Será el amor, tan natural y simple que no necesita más explicación

Todo lo que me falta concretar…  o será la voluntad de Dios.

.-.-.-.

 

 

Una  transparencia, una ausencia marcada en las calles de la ciudad… de aquel pequeño pueblo que fue creciendo ante sus pasos.

Una esquina para charlas breves con final inesperado, casi inconcluso, y un púlpito para el discurso de Fecha Patria en el acto de la Plaza.

Un cuento que da vueltas en páginas amarillas de “El Día”, o en aquel “Tú te tienes que acordar” de las intervenciones radiales.

Una silueta invisible que cruza por la plaza en diagonal, pasa frente al Municipio y sigue por el Barrio de los Negros, para sentir los tamboriles repicar sin pausa, repecho arriba del “Peligro” hasta donde las acordeonas llenaban la noche de acordes apurados y secretos…

Un auto pequeño, una motoneta, el aula en la escuela, en el liceo, en la Vieja Bodega, en todas las veredas del caserío.

Un cuadro de ranchos tristes y nubes grises, una colección de canarios, “El Fortín”, la búsqueda de rastros indígenas, la colección de historias en la memoria prodigiosa, la permanente observación del cambio.

En mi infancia era un destacado maestro y un historiador al que recurríamos cuando se necesitaban datos para algún trabajo. Pero fue cuando pude conversar con él que di con la dimensión real del hombre... Más que un polifacético artista, más que un educador, que un historiador… Un enamorado de todo lo que emprendía.

Un recorte en el panel del tiempo, libre de toda dimensión, sigue en aquellos sitios donde lo vi, donde él me dejó verlo en la ventana de sus relatos, en aquel Pan de Azúcar que sólo por sus palabras conocí.

 

 

 

¿Qué es lo que importa?

Mundo sin definiciones

ni modelos universales…

Lo que me importa a mí,

lo que le importa a los demás.

Lo que yo creo trascendente

y muchos desprecian.

Lo que a mí me parece insignificante,

pero otros luchan por conseguir.

¿Qué es lo que importa?

Lo que tenemos, lo que soñamos,

lo que tuvimos, lo que nunca tuvimos,

lo que no sabemos si existe,

la probidad o la culpa,

las preguntas o las respuestas,

la verdad o la mentira…

las coincidencias o las discrepancias

los aciertos o los errores.

¿Qué es realmente significativo?

Los triunfos o las derrotas,

Los principios innegociables

O la tolerancia a otras conductas.

¿Ganar, o competir con lealtad?

¿Las riquezas o el honor?

acepto que elijas lo que te importa

pero estaría bien que te importen los demás

que respetes los intereses ajenos

que te motive la solidaridad

que aceptes las reglas de la convivencia

y que si no eres capaz de ser juez de tu persona

omitas juzgar a los demás.

 

 

Juan no tuvo ganas de estudiar, prefirió la calle, la barra, la vida sin esfuerzo. Le faltó una palabra guía, límites, o ejemplos… o no los quiso ver.

En las horas perdidas en la esquina conoció los vicios y el hastío, se metió en el sub mundo de lo prohibido y perdió respeto a la sociedad, a las leyes, a los derechos ajenos. Se dejó convencer de que es justo robarle a quienes tienen, y que los malos momentos se superan entre drogas.

Juan sintió desprecio por quienes dedican su tiempo al trabajo y a la familia, y cultivó los antivalores, el desprecio a la vida y a las personas… Estaba, ora en la vereda, ora en la cárcel… y el Mundo le resultó vacío, sin sentido.

Los compañeros de ocio, lo traicionaron. Las personas que conoció de niño, lo trataban con gran distancia.

Juan, solo con su sino, se arrepintió en lo más íntimo, de su camino, pero entendió que ya había ido demasiado lejos como para comenzar de nuevo.

El Mundo le parece ajeno, y ¡qué más da! Lo puedes ver recostado al árbol de la plaza, botella en mano, o caminando hacia el parque, sin sonrisas, sin alegría, sin ilusiones.

Alberto Vaccaro

 

 

Nada, sólo la escenografía de siempre, los cerros, los campos, las transitadas carreteras.

Giro la cabeza a uno y otro lado, y nada… personas, casas, calles, un perro por allá, una iglesia, sólo el telón de fondo de los días.

No veo nada… apenas la plaza, los comercios, la escuela, los niños que juegan, los pájaros en las palmeras, las nubes, el resplandor del Sol en la piedra.

No escucho nada, sólo trinos, motores, algarabías infantiles, charlas en cada banco.

Nada.

Apenas los recuerdos comienzan a poblar el espacio, la plaza de mi infancia, la fuente que estuvo en su centro, las rosas que aromaban el aire y coloreaban las  almas, el Colegio allí pasando la esquina, un desfile de rostros conocidos, importantes, irrepetibles.

Luego nada. Las baldosas de la vereda, las miradas de la gente, el saludo de los amigos, el ir y venir de tantos, el cerro que preside la comarca desde el fondo de todas las esquinas.

Nada por ningún lado. Sólo yo y mi pueblo. Sólo el Universo de mi vida, esta ciudad pequeña que amo desde las raíces hasta el futuro, tanto, que ninguna tentación me animó a dejarla…

Nada… que no esté grabado en mis afectos, que no forme parte de mis desvelos, que no sienta mío, “profundamente mío”.

Alberto Vaccaro

 

 

Si yo pudiera romper las cadenas del individualismo, la singularidad, la precariedad de la vida, la multitud de objetivos, los relojes, los compromisos, las banderas… Estaría en todas partes para ayudar a quienes me necesiten, les dedicaría un tiempo para escucharlos, o para darles mi opinión sobre sus dudas y problemas.

Si no tuviera un camino, no estuviera amarrado a ningún puerto, no me viera parado sobre los pasos que doy, podría dedicar los minutos que todos merecen, conversar con amigos, escuchar conferencias, visitar exposiciones, o asistir a diferentes comisiones.

Pero soy quien soy. Distribuyo mis horas entre el trabajo, el descanso, la familia… y mi lujo personal de pedalear un rato en la soledad de un caminito, conectado al cosmos.

Muchas veces pienso que estos mínimos senderos de mi comarca, son parte indiscutida de la maraña infinita de rutas del planeta.

Nadie puede estar en todos ellos al mismo tiempo, yo no puedo, y voy dejando otros en cada esquina, con la duda del pudo ser, con la pena de no estar, pero con la alegría de sí estar en las coordenadas elegidas.

Hay una lista enorme de visitas pendientes, de llamadas prometidas, de clamores que pretendí no advertir… que me culpan desde la ventana del tren.

Si yo pudiera estar en todos lados y el tiempo no me apurase, tal vez sería distinto.

Pero me llevan las elecciones de cada instante, hacia los destinos donde me prohíbo faltar.

.-.-.-.

 

 

 

Unas horas más, y el año se termina sin opciones. Nada importará si me gusta o no me gusta, así que elijo que me guste. Fuegos de artificio, banquetes y brindis, en la bienvenida de otra oportunidad de comenzar.

De cierto modo, la vida es un libro de muchos capítulos y comenzaremos a escribir el que sigue.

Aunque los recuerdos me pasan por todas las escenas anteriores en pantallazos selectivos, yo no soy el mismo… Ninguno de nosotros es el mismo, porque la vida nos va cambiando. Los aprendizajes, el envejecimiento, la madurez, las experiencias cotidianas, el conocimiento de la erosionada y conflictiva sociedad, las frustraciones y las alegrías, la interacción con otras personas, los éxitos y los fracasos, nos van modificando por dentro tanto como por fuera.

Si ir atrás es imposible y no estoy seguro de que me gustara, si la única elección posible es seguir adelante y amanecer en año nuevo, elijo que me guste.

Tal vez me espere del otro lado del puente la concreción de alguna vieja quimera, la satisfacción de alguna tarea bien realizada, algún sueño nuevo… Momentos lindos en familia o con amigos, o tareas que las circunstancias me encomienden.

Escojo levantar la cabeza y cruzar la puerta hacia el futuro, como una apuesta a la aventura por meses desconocidos. Opto por batallar la tormenta de los días desde el timón del barco, con la sensatez por brújula y la ilusión por horizonte.

Entonces, sin dejar de ver lo que sucede en derredor, pondré el acento de mi atención en las personas buenas, en el amor, en los sueños de la gente, en los cultores diarios del trabajo, en todos los seres de buenas intenciones… en todas las cosas que tengo por hacer.

¡¡¡¡¡Feliz Año!!!!!

 

 

 

 

¿Qué hacemos cuando permitimos que un niño falte muchas veces a la escuela?

Primero, no aprenderá los conocimientos que se impartan en esa clase.

Segundo, le anotarán la inasistencia.

Esas serán las consecuencias menos graves.

Además, sentirá un poco menos suya la escuela. Las cosas que pasen o se enseñen, le parecerán menos importantes, menos propias, como si fuera un lugar de otros al que viene de vez en cuando.

Se acostumbrará a faltar, o, podría decir, perderá la costumbre de ser asiduo, de seguir las responsabilidades con rigor y celo,  lo que probablemente se traslade años después a la asistencia y cumplimiento de su puesto de trabajo.

De pronto entre las inasistencias computadas y las clases no recibidas, pierde el año, y debe repetir el curso, con el correspondiente cambio de compañeros y la frustración de ver a sus amigos en un nivel superior.

O lo que es peor, quizá no le importe.

Y si no pierde el año, el mensaje será muy malo, porque la experiencia le dirá que puede lograr sus objetivos sin el esfuerzo asociado, que en definitiva es igual cumplir o no hacerlo, que todo da igual.

El desánimo al que se llega por ese camino, impide logros superiores, y si ingresa a Educación Media sin un profundo cambio en esa línea, el fracaso es inminente. Se expondrá en el futuro a un trabajo más esforzado, con un salario menor, y generalmente nada agradable.

Ciertas cosas se aprenden en los primeros años y marcan. Aprenderlo más tarde es posible pero doloroso.

Cuando digo la escuela, puedo extenderlo a otros niveles de estudio.

Cuando hablo con un padre y le digo “mire que su hijo/a falta mucho” algunos me proponen justificarles las inasistencias… sin tener conciencia de todo lo que fue escrito líneas atrás. Yo soy partidario de no faltar, y en todo caso, hacerlo sólo por situaciones extremas de enfermedad o circunstancias graves. Así lo practico por convicción y como aporte de ejemplo a los educandos.

En fin, es sólo mi opinión.

-.-.-.-.-.-.-.

 

Todos creemos que sabemos, pero en realidad capturamos y asimilamos información que proviene de terceras personas y desconocemos dónde está la verdad… si es que existe una verdad absoluta.

A veces juzgamos mal a los demás en base a cuentos que escuchamos, y cuya veracidad al menos podría ponerse en duda. En otros momentos idolatramos a supuestos héroes, nos maravillamos con hazañas que no vimos, y que nos llegan por caminos indirectos y a veces interesados o muy subjetivos.

No es nuestra misión ser el Juez del alma de los humanos… esa responsabilidad es sólo de Dios. Las intenciones suelen no ser evidentes, los motivos pueden ser desconocidos, el contexto, la circunstancia, los condimentos de la convivencia humana… Habría que tener hasta el último dato para emitir una opinión, y aun así, podría ser injusta.

Es claro que algunas figuras son afines a mi pensamiento y otras no, pero eso podría definir el voto, no la valoración afectiva, moral, de respeto, tolerancia y crédito que también quienes discrepan conmigo, merecen.

No comparto el festejo por la muerte de nadie, ni siquiera de las personas con las que las diferencias son profundas.

Es que en mi concepción universal y cristiana, la Vida es un valor sagrado, mucho más allá de simpatías o de culpas.

Sabe Dios cuando empezarlas y terminarlas, y me permitiré ponerme contento ante el nacimiento de un bebé, y pero nunca ante un fallecimiento.

El odio, quizás. Convicciones tan fuertes que alejan de la razón. Frustraciones, enojos, rencores, cuentas por cobrar, ofensas, dolor. Sufrimiento y recuerdos aterradores, desaprobación total… para declararse feliz ante el deceso de alguien… puedo llegar a entender, pero jamás a compartirlo.

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¿Quién era aquella niña que me esperaba en los recreos junto al subibaja? Estábamos en Jardinera y la clase transcurría entre coloridos muñecos articulados de cartón.

Empujábamos con fuerza el pedregullo para levantarnos al extremo alto del tablón, entre sonrisas y emoción.

Era indescifrable lo demás, había un fondo de niños que corrían o se hamacaban, bolitas que chocaban  o llegaban al hoyo, figuritas que saltaban en el pretil de la ventana.

Pero nosotros jugábamos en el subibaja azul de madera, pese a las diferencias de masa, hasta que la campana nos devolvía al aula.

¿Quién era aquella niña, con la que apenas recuerdo haber hablado, pero me esperaba siempre en los recreos?

 

 

Algunos abrazos quedaron marcados en mí, y los siento tan conmovedores como aquella vez.

Las charlas que permanecen abiertas, las poesías que nunca terminé, las palabras que nacieron en el alma pero no pronuncié.

Tengo sueños desde niño, ilusiones limpias e idealistas que jamás abandoné; paisajes impresos en las retinas, momentos imborrables, sentimientos hechos cicatrices.

Cruces y decisiones que forjaron los caminos por los que voy, golpes de los Heraldos Negros clavados en mi piel, algunas melodías o estrofas de Neruda, y un telescopio para ver del otro lado de la montaña tras la cual se ocultan los humanos.

Tengo mi pluma disfrazada de teclado, y la vocación intacta de escribir.

 

 

Camino, cada tanto, por un sendero entre las estrellas, o una vereda junto a la calle del calendario.

Paso por un jardín de rostros hermosos, ojos que alguna vez me enamoraron, aunque haya sido pocos días, horas, o algún instante maravilloso e interminable.

Sólo recuerdos, casi fantasía. Sólo cuentas lejanas sin historia. Sólo vestigios de épocas añosas que intentan escaparse del olvido.

Camino por los patios del Colegio o los pasillos del Liceo, clamando presencias amorosas, por la plaza, por el arbolado parque y aquel puentecito de madera, o por las orillas doradas del Río de la Plata.

Regreso a las fiestas de fin de cursos, a los recreos, a algún viaje de estudiantes, a los paseos a caballo o a las tardes de raquetas en la Plaza de Deportes.

Voy al baile, aún consciente de mi escasez de ritmo, con mi mano en la eléctrica cintura.

Corro detrás de la pelota, en el campito de la esquina, y sueño con el gol. Miro pasar los autos por la ruta y me ilusionan las líneas y los colores, entre el ruido musical de los motores.

¿Habrá espacio para tantas evocaciones en mi alma?

Siento la textura exacta de algunas manos, percibo el timbre inconfundible de ciertas voces, contengo con la mirada la mirada más profunda…

Y regreso sin lamentos al presente… No quiero volver, pero pretendo conservar en el cofre más sagrado de la memoria, los átomos esenciales de quien soy…

.-.-.

 

Los años cambian y marcan, sin duda un ciclo.

Puedo decir que este año la temporada fue buena, que el invierno fue frío, que la primavera pareció una prolongación del invierno, que hice un buen año de estudio, que la Selección ha jugado muy bien.

Pero los años son un ciclo en el que no todo se repite, y muchas variables son independientes de esos 365 o 366 días.

El deterioro de la sociedad, la pérdida de valores, la degradación de la familia, el incremento de los índices delictivos, el alcohol y otras drogas, la violencia y el mal humor, la contaminación, la desforestación, son ejemplos de realidades no cíclicas sino progresivas, que no cambiarán mágicamente el 1° de enero.

No estoy de acuerdo con culpar al año por una muerte, una catástrofe, una crisis… son hechos que no dependen de un mes o un día, sino consecuencias de procesos que a veces vienen de mucho tiempo atrás, o provienen de factores externos y hasta casuísticos.

Pero aun así, la llegada próxima del nuevo año, nos alienta la esperanza de dar vuelta la página, formular o corregir los propósitos y de cierto modo, comenzar de nuevo. Es una linda ilusión, y si escribimos con letra prolija, quizá todo mejore.

 

Hace 35 años RBC salió al aire por primera vez. Yo había escuchado que estaba por suceder, y mi madre me alentó a buscar allí una oportunidad.

Es que mi madre sabía mejor que nadie, de mi gusto por la radio… Mis relatos de fútbol cuando jugaba con amigos, el receptor National que fue mi primera compra con un dinero que me dio mi padre por ayudarlo en el taller mecánico… y que solía estar debajo de mi almohada por las noches o en mi mano por el día.

Una mañana me descubrí en los estudios de la flamante radio, que apenas tenía un mes de inaugurada, leyendo artículos curiosos de los diarios en el programa “Radio con Todos”, dando el informativo de pie con las hojas escritas a máquina apoyadas en el atril, y comentando las inquietudes de mi ciudad en “Pan de Azúcar en Sintonía”.

Ha pasado de todo: logros para el pueblo, discrepancias con entrevistados o protagonistas de hechos criticados, amenazas, noticias tristes y dolorosas, noticias lindas y felices, viajes, épocas mejores o peores, pero acá estoy. Juntos hemos sorteado todo. La radio sus primeros traumas y yo los míos. Recorrí el país en trasmisiones de fútbol con Jorge Schusman y Julio César Báez, entrevisté a presidentes, ministros, senadores, diputados, ediles, intendentes, fui enviado a cubrir eventos en el país y en el extranjero, participé del Informativo Cori, obtuve algunos reconocimientos oficiales y de la Radio… Pero nada comparable con esa charla con los amigos y conciudadanos tras cada comentario, cada noticia, cada pedido a las autoridades…

Muchas veces los informantes son insospechados (de verdad), increíbles.

He conocido mucha gente buena que me ayudó. De los otros no me ocupo. Pero hoy, casi 35 años después, siento que nací haciendo esto, y que lo haré mientras me dejen.

Contra las apariencias, las personas más apreciadas no son siempre aquellas con las que coincidimos en todo. Muchas veces la discrepancia frontal, la discusión sin acuerdos pero sin trampas, tiene más valor y genera más afecto que el elogio fácil y claramente inmerecido.

El profesionalismo y la objetividad no logran apartarme del impacto de algunas noticias, que he tenido que leer con los ojos empañados por lágrimas.

Hay dos cosas que trato de mantener en lo más alto de mis objetivos, sobre cada cosa que digo: que sea verdad, y que pueda sostenerlo ante quien sea.

Además, lo que vale es la persona, la calidad humana, muy por encima de la religión, el partido político o la preferencia deportiva.

Errores, miles. Aciertos, algunos. Enojos, suficientes y un poco más. Alegrías muchas, pero especialmente la de hacer lo que tanto siento como mi misión en el Mundo, junto a la docencia. Sinsabores, casi a diario.

Muchos programas periodísticos, uno que se llamó “Literatura en la Zona” en el que leía poesías, locución comercial en trasmisiones, conducción de espectáculos, cómputos y largas horas de micrófono en días de elecciones, cobertura de eventos…

Debo agradecer antes que nada a Dios por ponerme acá. A mi madre por impulsarme. A mi esposa por soportar un trabajo que no tiene horarios ni días libres. A Carlos Repetto y Sra. por darme la oportunidad, a Gabriela y Silvana, a quienes vi crecer en estos años, por ser mis principales apoyos. A todos los compañeros, decenas en estos años, a los compañeros de hoy, a los avisadores que me honran con su confianza y apoyo… Y a los oyentes, motivo de mi trabajo.

Para la Radio, muchísimos años más… y que yo pueda seguir con ella.

 

 

 

 

 

 

Amores y desventuras  se envuelven como espirales en la noche, regocijos y dolor, descanso y charlas en baja voz, dudas y certezas, sueños y realidades, verdades y mentiras.

La noche gira, como una calesita, sobre el Mundo cercano, y un rayo plateado baja de la Luna, colorea la flor, el césped, la pared, mi rostro, mis manos y el lente azul.

Contemplo o integro la escena, no sé bien, mientras apunto el telescopio al plenilunio.

Lo demás ocurre, simplemente, debajo de tantos techos del caserío despierto, del caserío dormido.

.-.-.-.

 

 

Un sonido lejano de mar me llega de pronto, desde Rocamar y Punta Negra… Viento con olor a sal y paisajes conocidos.

Pasan por mí las rocas desparejas contra la playa, y la mora, plana y veteada. Cáscaras de mejillones y resaca de maderas, un velero distante y la ronda de toninas a pocos metros de la costa.

Las olas golpean en la orilla, espumosas, y no están las sombrillas del verano. El arroyito entre los médanos, la faja de arena hasta Punta Colorada.

Del mar al camino, un trecho de pastos ralos y en el improvisado campamento, un termo con café, las traviatas de salame, o alguna torta.

Es un silbido que escucho detrás de la cordillera de los años.

Él está allí, sobre el muelle de roca, mirando el mar… Mirando el mar cargado de lontanas nostalgias, de barcos imaginarios que lo llevan a la bota de los mapas, a las coordenadas de la infancia.

Él está allí pero ajeno al tiempo, hasta que un pique lo regresa, gira el carrete de prisa y da tirones a la caña, para tener en sus manos la corvina.

Es un susurro, apenas, el agua que salpica desde la piedra, los caracoles en aquellas huellas camino a Punta Negra.

Un murmullo de mar, que viene y queda por un rato, en mis oídos.

 

 

 

Frustraciones… O a veces los logros no coinciden con los sueños. Si te pones exigente, olvidas valorar lo conseguido, y te sientes derrotado aún triunfante, porque has ganado tus batallas pero el camino se fue apartando de viejas ilusiones.

Frustraciones… Por las veces que caíste, pero olvidas felicitarte por cuantas ocasiones volviste a estar de pie.

Porque el Mundo que habitas no es el que imaginabas. Porque muchas personas no se comportan como te gustaría. Porque existen quienes no reconocen tus esfuerzos y buena voluntad. Porque frecuentemente las cosas no resultan como esperabas. Porque te malinterpretan, no te creen, o porque no te dan oportunidad.

Frustraciones… Cuando te llevan al error para poder criticarte, o cuando tú mismo te exiges más de lo que puedes.

Prejuicios. Engaños. Falsas vanidades de personas mediocres y de baja autoestima. Los que absorben tus enseñanzas pero esconden lo que saben. A veces dudas si eres quien eres, o lo que ves en el espejo de los demás.

Entonces te preguntas si vale la pena… Pero vale la pena. Vale la pena porque tú sabes a dónde vas, cuál es tu ruta y tus motivos, y lo admita o no el entorno, la cosecha será infinitamente más que nada. Sabrás que el Mundo tiene tu marca, que algunas huellas dejas a tu paso, y aunque nunca estés conforme porque apuntas a más, no siembras en el vacío.

Porque tu carrera no es contra otras personas, sino contra ti mismo. La competencia no consiste en vencer, sino en superarte.

Las frustraciones son un estado fugaz del alma, una nube solitaria que te tapa apenas las estrellas. Todos las tendremos en algún momento. Yo me lamentaría si sintiera que he dejado de remar, de mirar el horizonte, de representar el papel que me toca en la película de mi vida.

Yo me sentiría frustrado si dejara de soñar.

 

 

 

Cuando yo estudiaba, mis padres no me hacían los deberes. Por el contrario, mi madre controlaba que los hiciera y que estuvieran bien, y hasta que lo estuvieran, no había permiso para jugar al fútbol o salir a pasear en bicicleta por el barrio.

En aquella época, eran pocos los libros de texto, y yo buscaba los capítulos en enciclopedias de a partes, y los armaba de acuerdo al tema a estudiar. Después lo resumía y lo resumía hasta llegar a los títulos.

Agradezco haber pasado por eso, porque estuve obligado a leer, buscar, pensar, interpretar, entender, redactar… o sea, una combinación importante para un aprendizaje más completo, que no consistía en repetir de memoria una lección.

Agrego que no hubo televisor en mi casa hasta que tuve 14 años, por lo que leer desde libros hasta revistas de historietas, era lo más cotidiano.

Si se trata de cosas que no teníamos en los años que evoco, puedo agregar computadoras, celulares, fotocopias, marcadores tipo Pilot, calculadoras científicas, MP3, Etc.

Nada de eso me provocó infelicidad, sino oportunidades de tener amigos, escribir mucho, hacer cooperativas para copiar apuntes, y no tener tiempo de aburrirme, porque deseaba terminar para ir al campito donde jugábamos a la pelota.

Pero hoy el progreso ha traído todo aquello y más. Los temas a estudiar están por cientos de lados en Internet, puedo imprimir los deberes… y las personas no se han acostumbrado a esta nueva circunstancia cambiante de tecnología.

Los padres no deben hacer los deberes a los hijos. Los niños y adolescentes deben aprender a hacerlos ellos mismos, porque en el mundo que habitamos necesitamos conocimientos y competencias, ser competente de hacer algo con los saberes.

Las tareas domiciliarias son un instrumento para mejorar el aprendizaje de los alumnos, y un padre que les hace todo (aunque con la mejor intención) les está privando de completar su instrucción.

Ellos deben saber bañarse, lavarse los dientes, conducirse en las calles de la ciudad, afrontar la vida apoyados en valores trascendentes, y hacer los deberes. Hablo de hábito de trabajo, capacidad de trabajo, competencias para cumplirlos acertadamente, porque no siempre tendrán personas que trabajen por ellos y necesitan ser útiles (lo opuesto de inútiles).

Si en clase procuran pasar el tiempo con el celular, ajenos a lo que se esté tratando, el docente que les exige aprovechar la instancia, parece un dictador.

Lo contrario sería dejar correr y cobrar el sueldo, vencido ante las dificultades o las prácticas auto lesivas... Y ruborizarse después, cuando las exigencias de la Facultad, o las pruebas Pisa (Programme for International Student Assessment) demuestran lo escasamente efectivo de nuestro proceder.

Sólo algunos padres vienen al Liceo a interesarse por el aprendizaje de sus hijos, y en todo caso, a exigir que el centro educativo propicie instancias adecuadas.

La gran mayoría viene a presionar para que se otorgue una nota mayor, o para que se exija menos, o a justificar las inasistencias, interesados más en el resultado del carné que en la capacitación para otros estudios y para la vida.

Lo que necesitan saber no es una fecha de historia, el nombre de un nuevo planeta, el resultado de un ejercicio o una frase de Aristóteles. Tampoco tener una buena nota.  Lo que necesitan es aprender a aprender, porque probablemente en sus años de trabajo, cambiarán métodos, saberes y medios, y sólo se adaptarán los que estén capacitados a leer una consigna, comprenderla, y actuar en consecuencia.

Es mi opinión.

 

 

 

La noche sí, poblada de amores y secretos…pero me quedo con el día.

La noche y las estrellas, la comba transparente y los mundos del infinito, la tentación de los ambientes de baja luz, lo prohibido, lo emocionantemente prohibido. Pero dame el día soleado y su diáfana amalgama de paisajes, dame la certeza de la luz, la paz del trabajo, los rostros bien visibles, las relaciones francas y directas.

La noche se me antoja peligrosa, incierta, escondida en la penumbra que se adentra a veces en el alma.

No sólo amores, no sólo  coloridas lámparas en la fiesta, no sólo risas y encuentros poco perdurables. No sólo encantos viven en la noche.

Están los que se esconden de la claridad del Sol.

La noche tiene hermosos panoramas entre los astros y las distancias incomprensibles, los barcos que van por el horizonte o las luces de la calle espejadas en el mar.

Yo prefiero el tiempo desde el alba hasta el ocaso, las sombras móviles en el reloj del día, los jardines, la arquitectura humana en la ciudad y la arquitectura de Dios en la armonía cósmica.

Deja la noche para los recuerdos que suelen visitarme, para alguna pequeña culpa, para soñar con la pupila en el ocular del telescopio.

A mi dame el día.

Alberto Vaccaro

 

 

 

¿Quién puede más: la emoción, la razón, o el carácter?

Si debiera responder apresuradamente, diría actuar con razón, sin desatender las emociones, y con control sobre el carácter.

Las reacciones espontáneas muchas veces no son razonables y pocas veces son justas.

Actuar sólo por emociones nos haría equivocar frecuentemente.

Sí sólo nos lleváramos por la razón, dejaríamos de lado una parte hermosa y trascendente de la vida.

No tener carácter nos depreciaría como personas, pero no saber controlarlo nos haría insociables.

La mayoría de las veces que debí disculparme y arrepentirme, fue por actuar impulsivamente.

Nunca actué sin tener en cuenta los sentimientos, los afectos, la subjetividad tan humana de las percepciones.

Pero muchas veces tomé decisiones sin pensarlas convenientemente, y aunque estuvieron de acuerdo con el corazón, no tuvieron resultados gratificantes.

En el exacto equilibrio, con perfil propio, está la clave.

Alberto Vaccaro

 

 

Vivía con su madre.

Comenzó a faltar a clase cuando ella enfermó y debió cuidarla… Pero la señora falleció y ya no tenía a nadie más cercano que una tía en otra ciudad, rodeada de varios hijos, y tuvo que mudarse a vivir con ella.

Apareció de pronto en mi clase de Astronomía, y yo no sabía de dónde venía, ni quien era, ni por qué estaba allí… y mucho menos cómo se sentía respecto a su suerte, a la circunstancia de su vida.

Los docentes le vimos distante, a veces rebelde, con poco interés en el estudio, ni siquiera en los temas más sorprendentes.

Sus compañeros tampoco comprendían los motivos de su personalidad un poco ajena, casi por encima de nuevas relaciones o de trabajos en equipo.

¿Cómo saber? ¿Cómo asumir la realidad desconocida y actuar de modo favorable a su acople con este nuevo capítulo de su existencia?

¿Por qué algunas personas deben pasar por tan irremediable sufrimiento, y afrontar un mundo que parece contra flecha?

Un día lo supimos, y nos lamentamos de no haber estado al tanto de todo desde el comienzo. Yo me alegré de ser proactivo en las relaciones humanas, de hablarle a mis alumnos, darles la mano y algún abrazo… que aunque yo ignore los motivos, a muchos les hace falta.

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Todo cambia. El paisaje, los rostros de la gente, la sociedad, los valores que los adolescentes exhiben.

Yo cambio, el espejo me lo dice.

La tecnología, las comunicaciones, algunas costumbres, la ciencia, el idioma… Sí, todo cambia.

Sin embargo algo parece no cambiar: la vocación y el cariño por lo que hago. Doy gracias a Dios por ello, por haberme permitido estar en el lugar que siento  mío. Por permitirme un día más, por mantener mis fuerzas, mi buen humor, las ganas de compartir el aula con jóvenes, de prepararme diariamente para intentar hacerlo mejor.

No sé si los resultados son buenos, pero responden a mis objetivos. En ese cambio permanente del que hablaba, también mis metas han evolucionado.

Me presento en una clase y trato de mirar el entorno con empatía. Necesitaría cientos de hojas para describirlo, y quizás no lograría completarlo… pero el aula es un mundo, un espacio de conexión en el que un rápido diagnóstico me devela en ellos, falta de afectos, o de atención a sus inquietudes, escasas expectativas de futuro, ausencia de referentes positivos, poco hábito de trabajo y estudio, dificultades con el lenguaje y las operaciones matemáticas, desconocimiento de las fechas patrias, y  exageradas dependencias.

Los hay que dependen de alcohol y otras drogas, de la televisión, de los video juegos, del fútbol, de la música… pero muchos más del teléfono celular y sus servicios.

Me maravilla ver la habilidad con la que utilizan sus pulgares para escribir, la facilidad para entender las funciones y cada aplicación… y me atemoriza la extrema necesidad de estar comunicados a través de redes sociales sms o whatsapp, o de otras nuevas formas que aparecen y seguirán apareciendo.

En mis clases no se los permito, pero es lo primero que hacen si toca el timbre, y los veo por los recreos sumergidos en su propio equipo celular en vez de conversar con compañeros o amigos.

Los noviazgos se gestan por mensajes de ese tipo y cuando están juntos casi no hablan.

Falta besarse por el teléfono!!

Todo cambia, y yo he tenido la suerte de permanecer en medio de esa transformación constante al tratar con jovencitos siempre de la misma edad, pero de diferentes generaciones.

Entonces, tras evaluar lo que veo, me esfuerzo por darle a cada uno lo que más necesita:

Oídos, algún consejo, cariño, reconocimiento, límites, incentivo, confianza, conciencia, comprensión, ejemplos, respeto, optimismo, curiosidad, ganas de trabajar…

La clase es un pretexto. Mi asignatura tiene la ventaja de, al tiempo de hacerles saber su lugar en el Universo o entender algunos fenómenos, sorprenderlos y llevarlos a querer saber. Los temas del programa no son tan importantes como el cambio que su tratamiento produce en los estudiantes. La preparación para la vida no consiste en saber mucho sino en estar capacitado para aprender y luego aplicar lo aprendido.

Su futuro dependerá de sus competencias y de su esfuerzo, pero también de su autoestima y capacidad de estimar a los demás.

El conocimiento no es algo estático que se pueda poseer… por lo que lo más importante será poder adaptarse, estar actualizado, y tener la inteligencia para entender y poner en práctica.

Y no es tratando que todo vuelva a ser como en el pasado, que solucionaremos los problemas que nos acucian… sino eligiendo estrategias apropiadas.

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Lejos… más allá del horizonte quizás, en la distancia y en el tiempo. Lejos, pero no tanto como para escapar del recuerdo, del afecto ganado, de las huellas bien marcadas.

Lejos… en otros puertos del mar enorme, en otras estaciones de la vía intrincada y extensa, en otros asuntos y circunstancias.

Lejos… muchos almanaques de por medio, pero tras el vacío de palabras mutuas, tras las montañas interpuestas, tras la curva inexorable de la Tierra, tan cerca como siempre.

Alberto Vaccaro

 

 

 

Me quedé dormido Admirando la Luna

Un grito de luz sobre la noche oscura

La belleza sin perfección ni simetría

Que me seduce, y hasta el alma encandila.

Abrí las puertas del sueño sin darme cuenta y llegué al palacio de Luz. Los seres brillaban y no había sombras en el gran salón; bailaban y reían sin carcajadas, con la expresión inteligente y amable.

Los mármoles blancos resplandecían también, gala del paraíso, lejos de las guerras y los delitos. Muy distantes de la mentira y los engaños, de palabras crueles y sentimientos impuros, cantaban coros polifónicos la simpleza melódica del amor… entonaban con alegría, con felicidad auténtica, con paz superlativa… en la corte de Dios.

Llegaba la blanquísima luz desde la altura, como un mensaje implícito a los humanos.

Soñé que lo entendíamos. Soñé que lo aceptábamos. Soñé que las tinieblas se desvanecían…

Y desperté mirando al cielo, sin consuelo, en la selva terrenal de mentes imperfectas e intenciones desviadas, de seres que ni siquiera advierten su oscuridad de enormes desatinos, su brevedad absoluta.

 

 

Se agudizan mis añoranzas, quizás porque la acumulación de años exagera mis sentimientos… y busco en el espacio vacío de un salón los rostros que entre muchos miles, han logrado apartarse del olvido.

Yo he depositado en ellos mis esfuerzos, mi cariño franco, toda la comprensión de la que fui capaz… y alguna humilde sabiduría que sin duda ha sido, más que nada, de la vida.

Pero un tren inclemente los ha llevado lejos de mi tiempo con la razón del calendario, y sólo mi recuerdo los conserva casi niños. Yo tampoco soy el mismo ante el espejo, y he aprendido más de mis errores que de los libros.

La memoria me lleva por salones variados, me hace cruzar con viejos compañeros en los pasillos, elige los momentos emocionantes y lindos, e ignora otros,  que están mejor en el olvido.

Siempre rostros nuevos reviven historias antiguas y sigo entusiasmado con la siembra, porque es ese mi destino.

No hay un aula tan grande para que retornen todos… ni se darán las coordenadas espacio temporales para el encuentro colectivo. Pero la conciencia de lo real no borra la colección de afectos que me acompaña, que frecuentemente se convierten en imágenes y en voces, en ese fuego vivo de mi nostalgia…

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Yo no sé si el bosque habla, si las piedras hablan… si lo hacen, no comprendo su idioma. Siento cierta sensación nerviosa cuando me adentro solo en la arboleda, y camino entre pastos y sombras. Percibo mensajes, presencias, incertidumbre, como si el entorno me considerase intruso.

Siento lo mismo cuando escalo las piedras grises del cerro, o dejo correr la bicicleta por el pedregullo del camino, mientras el silencio se quiebra apenas por el sonido áspero de la rueda contra el piso…

…Cuando camino lejos por la arena de una playa solitaria, o por el campo carente de personas.

Debe ser igual pisar la Luna, o flotar en órbita de la Tierra por el mutismo impenetrable del vacío.

A veces, me causa lo mismo dejarme abrumar por las estrellas, por la noche, por lo desconocido, y cavilo sobre teorías nunca comprobadas.

Solo en el Universo por un instante, desconectado, desprotegido… como para seguir comprobando mi fuerza, saber quién soy, estar conmigo.

 

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A veces parece el Mundo una niebla gris, como la de esta noche. Los recuerdos se aparecen apenas definidos entre la bruma y el camino incierto, confuso, sospechoso.

Nada de horizontes ni senderos predecibles desde lejos, y puedo sentirme casi esfumado entre tanto gris, entre tanta forma difusa y paisaje ambiguo.

Entonces, hasta la realidad se expone a dudas, hasta el momento y el lugar, hasta el mismo observatorio en el que estoy.

En la húmeda atmósfera respiro, desconforme, y añoro cielos estrellados y certezas, de esa coherencia sensata y transparente.

A veces el alma se sumerge en niebla, aunque brille el Sol en la cúpula azulada, y los grises envolventes están adentro.

Pero son instantes breves. Después la luz regresa, la sonrisa me acompaña, y lleno de claridad y optimismo descubro, brújula en mano, la escasez de faros en la costa.

 

 

¡Hola! Salí a buscarlos por el cielo azul de los recuerdos…  y los encuentro aquí esta noche, sentados ante el pizarrón oscuro de las estrellas.

Salí a buscarlos en el aula infinita, en los pupitres sin tiempo del salón del alma, entre los almanaques de hojas vencidas y en la memoria desordenadas.

¡Hola! Ya no pienso hablarles de Astronomía, sino del cariño que tengo intacto para todos. Pícaros, rebeldes, estudiosos, amigables… todos me enseñaron, y aún aquellos que jamás me mostraron simpatía forman parte de la legión de mis afectos.

Los primeros en soportar mis clases, todos los demás, y los más recientes, son yo mismo en diferentes etapas de mi vida. Así los veo, así los vi. De pronto esa empatía me ayudó a enamorarme de mi trabajo.

Cada vez disfruto más cuando estoy con ellos, y si bien es apasionante navegar con la mirada entre las estrellas, o ingresar por el ocular del telescopio a distancias imposibles… es mucho más grato si lo comparto.

Los de las mil anécdotas, los de algún mal momento que ni recuerdo, los de tanta felicidad.

Aquellos que estuvieron en mi clase sin telescopio, aquellos que trabajaron conmigo para comprar el primero, los de hoy… Salí a buscarlos entre los brillos parpadeantes de la noche y los encontré reunidos, acá en mi corazón.

 

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Algún día descubrirán que no hay colectividad perfecta, que la razón no suele estar de un solo lado, que todo lo humano es perfectible, que las generalizaciones son un gran error.

Algún día sabrán que la verdad no tiene dueño, que toda discriminación es incorrecta, que la luz es la excepción en las tinieblas infinitas.

Llegará el momento de saber que la vida es un instante, que la riqueza es una circunstancia y no una diferencia entre personas, que la felicidad se cimienta en otras coordenadas.

Advertirán los prepotentes que  no estaban en lo cierto, que la debilidad no depende de los músculos ni de las armas, que la fuerza se sustenta en variables intangibles.

Y valorarán las pequeñas cosas, los gestos más sutiles, la afabilidad, el afecto, la solidaridad, la unión al todo planetario, y al todo universal.

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Era una pendiente pronunciada y yo, entre la Luna creciente y el Sol en el ocaso. Yo entre el cielo y las rocas molidas que cubren el camino, entre veredas de pasto y la platea de vacas allende el alambrado, entre la luz del día y la noche ya cercana.

Era yo, montado sobre la nave de metal que me lleva más allá del tiempo y de lo conocido. Era yo, sobre los pedales en el repecho duro, o corriendo con la bicicleta al costado en la bajada.

Era yo como cada tarde, congeniando con la Madre Tierra, con los rasgos típicos del terruño, con Natura.

Era yo, sí, porque entre todos mis yo, es el más auténtico, simple y primitivo.

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Una buena acción

Tender una mano, ayudar a alguien.

Ser solidario, lavar la conciencia de las culpas que se pegan como el polvo al mirar televisión, al caminar las calles, al saber del sufrimiento ajeno.

Aplicar la empatía para estar en los zapatos del otro, evitar herir a las personas que aún necesitadas, tienen dignidad.

Darnos cuenta que somos sólo una mínima parte del todo, un instante en la eternidad, un etéreo y fugaz reflejo de Dios.

No podemos mirar al Mundo sin un poco de comprensión… Juzgar no está entre nuestras atribuciones, los prejuicios  son injustos, las generalizaciones también.

No hay tiempo para empezar de nuevo ni para reformar de raíz todo lo que existe. La única forma de cambiar al Mundo es mejorando nuestra proyección en el entorno.

Un paso muy pequeño en la dirección correcta, es un gran avance.

Escuchar, sonreír, dar un abrazo, dejarse ayudar, demostrar cariño, actuar como nos gustaría que todos actuaran.

Disfrutar las cosas sencillas, buscar la armonía del cosmos hasta sentir que la integramos, llorar si hace falta pero dejar de reclamar lo que no le pertenece a los humanos…

Que el espejo nos devuelva una imagen clara de quien sabemos que somos y que sea de lo que debemos ser.

Y vivir con la frente alta.

 

Alberto Vaccaro Pereira

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Siete notas en el teclado del piano, con semitonos.

Siete colores en el arco iris, y todos los matices.

Y aunque las notas pueden llegarme en la brisa, en el trino de las aves, en los sonidos del campo… Los colores brotan y se funden en la pradera verde decorada con flores amarillas y violetas, en el cielo, en la tapera, en las grises serranías.

Mis tardes de bicicleta son el concierto total. La música proviene de la naturaleza, de sus inigualables instrumentos, y corre por el pentagrama del alambrado, sus compases,  entre fusas y semifusas.

La paleta más inspirada resplandece en la tela tridimensional de mi paisaje.

Yo sólo pedaleo, entre un coro de ángeles y el pincel de Dios, por la arista del sueño, por el perfil de lo conocido, cambiando ángulos y claves. Embisto las pendientes ascendentes y me sostengo en las que bajan,  por el filo del ego y del cosmos, hasta que la paz más maravillosa confunde notas con colores.

 

 

.-.-.-.

 

 

Sol y brisa, en la tarde, sobre mi piel.

Tengo las manos firmes en el manillar y los ojos en las irregularidades del balasto, aunque me envuelve el paisaje como una música del cielo, su sabor a terruño, su familiar pintura en la tela del alma.

Las curvas que están adelante, van quedando rezagadas aunque no me apuro… No juego carreras, no compito, disfruto palmo a palmo la ruta que el invierno me puso lejos.

Las piedritas del camino suenan al contacto con las ruedas, y simplemente mantengo el ritmo en los pedales por el repecho, luego freno en la bajada para no interrumpir el ejercicio.

¡Tanta belleza! Los senderos del hombre y las huellas de animales, un potrillo que cada vez que paso sale a saludarme, la naturaleza acogedora y el Cerro como mojón al Suroeste.

El mundo del noticiero está lejos, las guerras, los delitos, los políticos… Todo más allá del cerco serrano que limita el panorama, y mi tiempo.

 

 

 

No es que haya llegado a quererte en estos meses. Ya te quería de antes, cuando eras sólo un desconocido alumno del año que viene. Ya te quería cuando comprendí que llevaba esta vocación soldada en el alma, incorporada en mis genes.

Tú no eres sólo tú. Eres yo mismo hace un tiempo, eres muchas personas que pasaron por mis clases y se metieron en mi corazón, eres tu tiempo, tu mundo, tu circunstancia.

Eres la escultura en la que trabajo, la tierra donde siembro, el cuadro que pinto, el motivo de mi labor y la razón que adjudico a mi esfuerzo cotidiano… mi orgullo y mi fracaso.

Ya te quería de antes, como te dije… Pero después de conocerte, de tratarte tantas tardes, de convivir algunas horas contigo, te quiero mucho más.

-.-.-.-.

 

La matemática es mucho más simple y fácil que la vida. En ese mundo de los números, si operamos igual con los mismos valores, obtenemos el mismo resultado.

No es lo que ocurre con las situaciones que enfrentamos cada día. En las relaciones humanas, las mismas acciones entre las mismas personas, suelen tener resultados distintos. No sostengo que no exista la lógica en ese campo, sino que la lógica depende de innumerables y caprichosas variables que generalmente desconocemos, que no podemos medir, no tienen signos visibles, y cambian permanentemente.

El matemático debe pensar con gran ingenio, buscar artificios, métodos… Pero se mueve entre leyes universales e inmutables.

Las vicisitudes de la vida exigen intuición, buen tino, capacidad de adaptación y mucha empatía, tacto y buena suerte. Aún con todo eso, el éxito no está garantizado.

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Yo te vi, lamentando tu destino por el mundo, renegando del mundo y de la vida. Ibas callando un grito de protesta y ahogando tu discurso en el silencio. Tu mirada era una súplica y después una denuncia, una pregunta, una queja.

Yo te vi, ilusionada y sonriente, paseando nerviosa por la vereda tu esperanza, tu circunstancia de un día luminoso, de una noche estrellada.

Te vi decepcionada, dolida, un llanto ahogado en la garganta, con la tristeza desbordando las pupilas.

Algunas veces estabas distante, indiferente a todo, alejada hasta de ti… y tu expresión parecía la de una estatua.

En una secuencia impredecible, ibas cambiando tus estados en la clase, y yo dudaba si preguntarte o quedar ajeno, si tratar de abrigarte o fingirme indiferente.

Terminaron las clases y hace años que no te veo… pero no caduca el impulso de ayudarte, de darte aliento, de orientar con alguna palabra, tu alma a la deriva.

 

 

 

Cuando no hay palabras

para decir lo que sientes,

pero sabes que el muro existe

de un solo lado…

Más allá el vacío sin retorno,

el tiempo detenido, la nada.

Cuando el dolor es profundo

y la explicación no se encuentra.

Cuando la impronta es irreflexiva,

pero el error definitivo.

Cuando te preguntas qué faltó,

sin bajarse el telón,

en el escenario frío…

porque la obra no termina,

Pero el personaje

desaparece sin sentido.

Las preguntas te desbordan,

concluyes que estas cosas ocurren,

pero las respuestas no llegan

ni podrán llegar.

La tristeza es como la niebla

que cubre al mundo de gris,

prepotente gris,

que te impide ver el entorno

y cambiar lo que fatalmente

irreversiblemente,

ya sucedió…

¡Sólo lo entiende Dios!

 

 

 

 

Los mensajes a la clase son de efecto retardado, pero no inútiles.  Es de todos los días hablar contra el abuso de alcohol, contra las drogas incluido el tabaco, y por otros temas, y comprobar con dolor media hora después que el jovencito parece no haber entendido nada…Esos descubrimientos me han causado tristeza, desazón, impotencia. No obstante, nunca dejé de dar mi discurso. Aun creyendo que no serviría de nada… un poco por si acaso, y otro poco por calmar a mi conciencia, seguí aconsejando a mis alumnos.

Pero pasado el tiempo supe que la semillita queda, no sé si dormida o germinando en el subconsciente, pero un día aflora y provoca un cambio de actitud, una decisión sensata, un efecto favorable y eventualmente trascendente.

No pierdo ocasión para el discurso, y a veces provoco intencionalmente la oportunidad, para trasmitir algo relacionado con valores, con las posibilidades de éxito, con la confianza en sí mismos, con el compromiso con exigirse la propia capacitación.

Tal vez algunos adolescentes me escuchen como a la lluvia, u otros opinen que soy “un viejo pesado” y hasta “pasado de moda”- No importa. Puede llegar, y si le llega aunque más no sea a uno de ellos, hay mucho más para ganar que para perder… y siento que vale la pena.

.-.-.

 

Era impenetrable como una estatua su rostro, su mirada fría y cerrada, su sonrisa ausente, sus gestos reprimidos.

Yo suelo ver al fondo de los ojos, y descubrir mensajes más allá de las palabras. Pero en sus pupilas no encontré las claves de acceso. Probé a ser amable, pero seguía imperturbable, como de piedra… apenas su pestañar le daba signos humanos, y si le preguntaba, la respuesta era correcta, pero escueta, monocorde, gris.

Caminaba sin prisa, como mirando lejanos horizontes, como si el entorno no importara, y no existieran más personas en el Mundo.

Se veía indiferente, pero me pareció una máscara ante el dolor, una reacción ante una adversa realidad.

Era una esfinge de mármol, un alma escondida, una persona desconocida y oculta tras un disfraz de hielo.

.-.-.-.-.

 

 

Volar… volar como un cóndor, como un aeroplano, como un globo… con la hermosa perspectiva de la altura.

Volar, elegir los vientos, los puntos cardinales, derribar distancias… y recoger paisajes en las retinas, de las montañas y llanuras, ríos y mares, bosques y desiertos.

Querrás volar, sentirte libre, fijar la ruta… tener los controles en tu mano, y disfrutar los amaneceres y atardeceres en la comba luminosa del horizonte.

Querrás fabricarte tus banderas, defenderlas y portarlas con dignidad y celo, y surcar con ellas los caminos sin marcas en el cielo.

Y llegará la hora de tocar tierra, del reencuentro con los tuyos, del descanso merecido.

Pero si no lo sueñas, si no estás dispuesto al esfuerzo para hacerlo realidad, si no elevas primero el alma, no podrás despegar del suelo gris de la rutina.

 

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¡Ay, mis recuerdos! Que me visitan de golpe como un tropel, como pasajes locos de mil películas, como flashes de mi vida.

Heme en agosto y en el Sur, pero las imágenes no habitan almanaques ni los espacios circundantes, sino los laberintos interiores de mi alma.

Compañeros de clase, partidos de fútbol, la bicicleta, los paseos en familia, las charlas con mi abuelo, algunos profesores, personajes de mi pueblo… Las excursiones del Colegio, los bailes de fin de cursos, y aquella partida a Montevideo para conocer compañeros nuevos y pasar por fuertes experiencias que han sido columnas valiosas en mi vida.

Recuerdos… De las simpatías con alguna jovencita, de mi uniforme azul, de las maniobras en La Paloma, las clases de tiro, las marchas larguísimas.

Los sábados que me llevaban a casa de mis padres hasta la noche del domingo, mi hermana, mis abuelos, el cine o la pesca en Rocamar y Punta Negra, los perritos de mi casa, el tren de Pan de Azúcar a Toledo, la Onda hasta San Carlos, la pensión sobre el túnel cuando fui a la Facultad.

Después… la historia se escribió con miles de rostros. Las anécdotas no tienen fin, los aprendizajes tampoco. Los afectos se multiplican, las preocupaciones, y la sensación de tener siempre cosas importantes y trascendentes que hacer y decir. Valorar los logros más pequeños, y aún sin conformarme, disfrutarlos.

Los recuerdos me danzan en derredor, manos que me saludan, sonrisas francas, satisfacciones que no tienen precio…

Y ese despertar cotidiano, iluminado por la esperanza de pararme ante la clase, ante mis alumnos, de volver a verlos, de hacer algo por ellos, de sentirme útil… de darme el gusto de quererlos…

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Tengo un aula de pupitres vacíos, de silencios profundos, de sueños inconclusos. Quedaron mudos y ausentes, marcados en mi alma, aquellos alumnos. Aquellos jovencitos que se fueron en busca de otras coordenadas, donde mis clases ya no llegan.

Son muchos, pero duelen separados, pasan tras mis ojos en tiempos lejanos, cuando no sospechaba la crueldad del destino.

Tengo un aula dormida en el recuerdo, llena de lápidas, de transparencias que lastiman, de adolescentes que no pudieron crecer en este mundo. Un salón poblado de juegos yertos, de travesuras inconclusas, de estudios vanos. A veces los extraño. A veces creo que están vivos. Vuelvo a verlos en la clase y se pierden en la bruma gris de la injusticia. Sabe Dios el motivo, yo sólo los percibo lejos, truncos, despojados…

 

 

Viento del tiempo que corres sin pausa por la esfera, y te llevas las etapas de mi vida. Si no alcancé a dejar de ser un niño, cuando ya me vi adulto en el espejo cruel.

Nada es eterno, todo cambia, todo se mueve… tanto, que son los cambios permanentes las pautas que definen al tiempo.

Así me veo, un pasajero apenas del crucero, tocando puertos para retener paisajes fugaces en lugares de nombres conocidos… Subiendo la escalera sin retorno… Construyendo recuerdos que atesoro, y son lo único que va quedando de ese pasado que me arrebatan los giros locos de los días.

Cuidadosos dibujos en la arena… que se van borrando. Muñecos de nieve que no llegarán a ningún museo. Palabras que se apagan en ecos roncos. Castillos de naipes. Canciones improvisadas que se cantan una vez y se olvidan. Rostros que trato de ver a la distancia por la ventana del tren. Marcas en el alma que perduran e irán conmigo aún más allá del final.

Ni siquiera las estrellas son eternas y la luz es circunstancial.

 

 

La noche no contesta mis preguntas… congela el brillo de los astros y luce extraño el fondo negro.

La tiniebla omite las estrellas, calla su profundo abismo.

Tú estás allá, del otro lado, y nada dices.

Nada escucho de tu voz, de tus palabras, de lo que dirías en este instante.

Aun así, no hace falta que lo digas, porque yo lo sé, puedo anticiparme, captarte sin idiomas ni sonidos.

El Aqueronte no tiene dos orillas… y en su única ribera me paro, buscando respuestas jamás escritas.

Más allá del Río, sin tierra, sin espacio… Está la dimensión en la que habitas.

Tú no temías al viaje, ni al destino, sino a los dolores que acompañaron la partida.

Lo que ha quedado de ti en este mundo, lo llevo conmigo.

La noche no dice nada, riega el entorno con aire frío, propone olvidos a la historia, pero no puede borrar la colección de mi memoria.

 

 

 

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Aquellos ojos que cuando se cruzaron los trenes en la estación, me miraron con fuerza desde una ventanilla en la otra vía… y se perdieron en la inercia del mundo, por los rieles que a veces no se vuelven a encontrar.

Lo que una vez pensé hacer, pero nunca hice. Las calles que ignoré en mis caminatas. Los sueños que no quise transformar en realidad. Las oportunidades que deseché por no complicar mis planes. Los saltos que no di, a veces por prudencia, otras veces por cobardía. Los golpes de volante que omití y los esquives que sí se me ocurrieron, los aciertos y los errores, las valoraciones de la realidad y mis respuestas, el espacio que me dejaron para pasar y aproveché, el hueco que no vi, y los que abrí por mi cuenta con confianza y entusiasmo.

Los vagones que preferí dejar correr sin abordarlos, los que corrí de atrás pero no alcancé, alguna pequeña hazaña y fracasos duros, los aprendizajes producto del estudio y los que llegaron con los golpes. El buen criterio y las decisiones incorrectas. Un poco, quizás, porque me ayudaron, otro poco por las zancadillas que me hicieron tropezar y aquellas que no lo lograron. Mucho, sin duda, mérito o demérito de mi propio timón. Las luces verdes de las esquinas, las preferencias injustificadas, los hallazgos que Dios sabe… me trajeron hasta aquí.

Alberto Vaccaro

 

 

Cuando miro por un instante el entorno inmaterial de mi camino, están esos ojos que me duelen en el alma.

Los ojos de aquel que pasa por un trance que no me puede contar, pero desea que yo descubra. El dolor es demasiado grande para llevarlo solo, y compartirlo… requiere palabras que él no podría pronunciar. Me lo cuenta su silencio, lo comprendo… y me queda la impotencia de no poder cruzar ese muro de pudorosa reserva.

Están las pupilas tristes de una jovencita que me busca en los pasillos, me hace bromas irrelevantes, me acompaña hasta el salón, como el náufrago junto a un tablón pasajero en la corriente. Espera que le diga algo, pero no sé qué ni cómo, y apenas dejo que sepa que puede confiar en mí.

Más allá está ese chico rebelde que me mira con desprecio, que me dice claramente con sus ojos que mi presencia le fastidia. No me siento ofendido, sino preocupado por él, porque esa actitud poco tiene que ver conmigo, sino con la reacción a la presión de un mundo que yo le represento. Un mundo que le exige cosas que nada le interesan, que le pide atención a un mañana que no está en sus planes ni consideración, esfuerzos que no tiene voluntad de realizar, comportamientos ajustados a reglas que no acepta. Es que seguramente no tiene cerca los apoyos necesarios, la seguridad de sentirse querido y valorado, ni de ser aceptado por su grupo.

Miradas demandantes, bocas apretadas para no decirlo. Así recorro la galería de ojos clavados en el alma, como alfileres.

Hablando de ojos, están los que buscan una referencia adulta, un modelo casi paternal, una luz en las opciones del camino. También los que parecen ausentes, vacíos de expresión, de quienes asisten obligados al Liceo, porque no han descubierto la importancia de estudiar.

Veo los labios que no tienen alegrías para sonreír, y hasta cuando ríen, lloran.

Me gusta ver las miradas de quienes descubren el fondo de mis mensajes, y sonríen mudos y satisfechos por mi discurso.

Me lastiman las expresiones vacías, el total desinterés, la puerta cerrada con trancas y candados para que nadie llegue a donde está la herida.

El espacio ambiental de un docente, está saturado de agudos gritos de socorro… Y no quiero taparme los oídos, no quiero hacerme el distraído, no quiero pasar por alto los contagiosos clamores… Prefiero debatirme en el frente de batalla con veinte molinos de viento, espada en mano, tratando de mejorar, si no el paisaje, por lo menos sí la perspectiva.

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Es ir a trabajar… sí, lo es, llevar la clase preparada, un mensaje, una estrategia, un disparador, los materiales.

Es ir a ver lo que se encuentra, la asistencia irregular, la atención tan escasa como el interés.-

Pero lo emocionante es el recibimiento, los rostros que se alegran al verme, los saludos que llegan, algún abrazo, apretones de mano, o simplemente una sonrisa sincera.

Están los que no vienen a estudiar ni les importa el liceo, porque viven realidades de las que no pueden salir en una hora… buscan estar lejos, refugiarse en el celular o en la música que les aturde por los auriculares, sobrevivir.

Hago las correcciones necesarias, me esfuerzo por darle más color y brillo para que la propuesta sea más convocante. El nivel no es bueno, poco de lo que se habla es razonado y comprendido como se procura. Pero me veo rodeado desde que llego hasta que me voy, estoy acompañado en los recreos, y muchos me dan la impresión de sentirse bien cuando conversan conmigo. Es recibir un baño de afecto, pero al mismo tiempo, ser permeable a situaciones ajenas que se van cargando a mi espalda, que me entristecen y me rebelan contra la injusticia.

Las miradas tristes, la desesperanza, la impotencia. Comparto la impotencia, porque con gusto ayudaría a superar esas crisis inmerecidas de quienes tendrían que estar dedicados a ser estudiantes, vivir las emociones de la edad, y no más sufrimientos de los que la misma etapa significa.

Invariablemente regreso a mi casa con las ideas revueltas, con miradas clavadas en el alma, con pedidos de auxilio no pronunciados pero visibles, con muchas preguntas sobre la sociedad que integro, con la certeza de que puedo hacer muy poquito, pero seguro también de que un poquito es infinitamente más que nada.

 

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Si volviera a vivir mi vida, no haría grandes cambios, excepto evitar cometer algunos errores de los que me arrepiento.

Lamento, por ejemplo, haberle llevado a mis padres el carné de notas con algunos círculos rojos, en cierta etapa de poco estudio. Estudiar trae satisfacciones, la paz del deber cumplido, la alegría de quienes nos quieren, pero por sobre todo, nos abre una puerta más venturosa para el futuro.

Yo lo entendí a tiempo, aunque debió ser antes.

Por eso, cada vez que puedo, te digo mis razones. No trato de rezongarte, sino hacerte ver que es un cambio importante para el resto de tu vida.

Hoy no consigues el mismo trabajo si tienes un diploma, que si no lo tienes. Todos los trabajos honestos son dignos, pero algunos requieren mayor esfuerzo y otros pueden ser más aliviados y con mejor recompensa económica.

¿Vivir cómodo 5 años y sacrificado 60, o sacrificarte algo cinco años y vivir mucho más cómodo 60?

A todos nos gusta la Independencia, la autodeterminación o la independencia. Poder elegir el trabajo, y vivir con el salario, son claves indispensables para ello.

¿En qué gastas tu tiempo? Yo no soy partidario de someter a un adolescente a 15 horas diarias de estudio, porque también son importantes el descanso y la diversión, el deporte, los amigos.

Pero el día tiene 24 horas que pueden dividirse en tres bloques de 8 horas: uno para dormir, otro para estudiar (ir al liceo y hacer las tareas) y el restante para todo lo demás.

El equilibrio es la fórmula.

No me digas que tienes dificultades en todas las asignaturas, que los profesores no te quieren, o que son injustos en la calificación. Admito que tengas problemas en una de ellas como para que te cueste llegar a tener nota de aprobación, pero sé que con esfuerzo lograrás vencer esas carencias. No acepto que tengas dificultades en todas, por lo que ante un carné con varias calificaciones insuficientes, pienso que se trata de falta de voluntad y compromiso con el estudio.

Además, cuando no cumples con lo que debes, las horas libres o de ocio tienen sabor a culpa. Recién cuando estás satisfecho con tu proceder, disfrutas con paz verdadera.

Estoy de acuerdo contigo en que se trata de TU VIDA, y que las decisiones son tuyas. Pero no es verdad que a mí no me importe, porque en ese caso ni te estaría hablando de esto, ni me dedicaría a la docencia.

Créeme que un día, aunque pasen unos años, descubrirás que te he dicho toda la verdad. De una forma o de otra, y en cualquier etapa, siempre saldrás adelante… Pero te aseguro que este es el momento más adecuado, el menos doloroso, y el más fácil.

Alberto Vaccaro

 

 

 

NOCHE DE CRISTAL

 

Camina las veredas, el duende de la noche… Bebe la luz de las estrellas y se esconde en el rocío, en las ventanas empañadas, en el aire frío de la esquina solitaria.

Va silbando la melodía del viento y esquiva las risas del alcohol, hasta mimetizarse en el cono trunco que dibuja la humedad en los faroles.

Le hace un gesto amistoso al vigilante apenas a media ronda, y navega el incoloro mar de las sombras.

El habitante permanente de la noche no va a ninguna parte, pero no se detiene. Trepa los árboles, cruza la calle, da vueltas a la plaza, corre por el parque… Amigo de los miedos, se mete en los pasillos más oscuros, en el ladrido de los perros, la charla del boliche o el silencio más profundo.

Monarca del reino extraño de la madrugada, arquitecto del puente de la alta noche hasta la aurora… De la desesperanza a la cordura.

Lo percibo claramente, pero si intento verlo, se desvanece como las tinieblas con el día.

 

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Hoy una jovencita me contó que tendrá que estudiar medicina, porque es lo que quiere su madre. “Mi madre no pudo completar sus estudios de medicina, y quiere que yo lo haga”.

No debes estudiar lo que quiera tu mamá, sino lo que tú quieras… ¡es TU vida! –le dije-.

“Es que ella me apoyará siempre que curse medicina…” me dijo, triste, después de contarme que sueña con estudiar gastronomía.

Varios llegaron felices a la clase, y eso me hizo sentir bien. Me dio la impresión de que tenían ganas de compartir un rato con la Astronomía. Pero luego vi a una jovencita con cara de llanto, y la llamé para que se sentara cerca de mí. “tengo problemas en mi casa y le contesté mal a una profesora… Sé que estuve mal” me confesó.

Otra chica estaba casi desfalleciente, con mirada lánguida y a punto del desmayo. Le regalé una barrita de cereales que tenía para el recreo y parecía sentirse mejor.

¿Dónde se refugian los adolescentes que no encuentran paz ni respaldo en su propia casa?

Les pedí que imaginaran el futuro, y algunos varones escribieron tres renglones con conceptos que la gente repite… Y una estudiante se refirió a la injusticia que afecta a niños y menores carenciados, condenados a una vida de privaciones y falta de solidez familiar, en situaciones que no merecen.

Hubo un estudiante que se imaginó millonario a los cuarenta años, y una chica que simplemente me hizo llegar un mensaje urgente de búsqueda de atención: “me imagino en el techo de un edificio, a punto de saltar”

Tres o cuatro varones llegaron apenas comenzaba el recreo, para conversar conmigo. Eso me gustó. Otros se quedaron el recreo siguiente.

Una pareja intercambiando celosas miradas posesivas; los que me traían los deberes atrasados de la semana pasada, los abrazos y besos que di y recibí de alumnos y alumnas que me demuestran afecto familiar… y la certeza de tener enfrente a decenas de adolescentes con hogares muy complicados y realidades duras.

Y regresé a casa, tras el último timbre… repasando en el camino las escenas de una película que no parece real, que no debiera serlo

 

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“¡Profe! Yo voy a venir a saludarlo el año que viene” si, le dije, “lo harás” –seguro de que quizás una vez, dos como exageración, volvería, movida por ese cariño filial que creció durante el año lectivo. Se quedaba los recreos a hablar sobre su vida, y me fui enterando detalles de su familia, de sus amigos, y de alguna otra simpatía.

Después de tantos años… sé muy bien que son cariños que se apagan prontamente, y se transforman en apenas un recuerdo. ¡Han sido tantos los jovencitos y jovencitas que vinieron a mi encuentro por un tiempo! Pero la vida es así, nos lleva por carriles con poco margen de maniobra, y nos aleja del pasado.

Nada tengo que reclamar, todo lo contrario… en realidad agradezco la oportunidad que me dieron para ejercer mi instinto paternal.

Es cierto que a veces los añoro, me gustaría verlos, saber cómo siguen sus vidas, si están contentos, si les va bien.

“La vida es así…” dije más de una vez sobre estas circunstancias.

Es que con algunos de ellos, la relación fue casi familiar, y no exagero si digo que supe, de muchos, más que sus padres.

Me gustaría verlos con frecuencia, charlar unos minutos sobre su presente, recordar alguna anécdota de aquellos otros tiempos…

Pero ellos van en busca de su propia ruta y en mi camino están las generaciones nuevas, mientras llevo al hombro mi bolsa de semillas, mi mensaje madurado y enriquecido por los años y los alumnos.

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Yo trabajé diez años en un liceo pequeño y coqueto, en Gregorio Aznárez. Al comienzo, estaba en el edificio contiguo al ex cine, cerca de la estación de tren, pegado al correo. Unos metros antes de llegar a la puerta estaba el comercio de Chury, y Liliana me esperaba con el café batido para sólo agregarle el agua que humeaba sobre la estufa. A veces me bajaba del ómnibus directo en el colegio, y otras veces las monjas me mandaban buscar al peaje del Solís con Peña o algún otro colaborador.

Grupos chicos a tal extremo que se lograba una gran familiaridad con los adolescentes. Allí nos conocíamos todos, sabíamos quiénes eran los padres de cada uno, los hermanos, y las fiestas de fin de año eran un reencuentro esperado con muchas personas.

Después el Colegio Presentación de la Virgen Niña tuvo una segunda planta para el Liceo, y allá se mudó el Ciclo Básico.

Había una canchita de fútbol, en la que yo me mezclaba en los recreos… y regresaba a clase con la camisa desacomodada y la frente transpirada. Algunas tardes me quedaba expresamente para jugar con alumnos (y hasta alumnas) en la canchita que estaba frente a la Escuela pública.

¡Tantos recuerdos! Luego, con el paso de los años, fui encontrando en aulas de otros liceos a los hijos de aquellos tan queridos, tan cercanos estudiantes. Me pasa hoy todavía, y en ellos revivo una época tan linda de mi vida

 

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Yo les decía hoy que puedo darme cuenta de muchas cosas. Es verdad, puedo. Percibo gestos, señales, escucho, ato cabos… Pero después me quedo con la sensación de impotencia de no tener la solución mágica y total a los problemas. Quizá apenas un poco de comprensión, si es que eso les llega…

Sí, hay un poco de todo en las miradas… Soledad, violencia, dolor, injusticia, temor, inseguridad, tristeza, conciencia de los errores, resignación, hasta enojos. Historias de amores no correspondidos, celos, heridas en el alma. Entornos de alcohol y drogas. Descuido y hasta insuficiente alimentación. Y también cosas peores, situaciones denigrantes, impropias, deshonestas, terror.

No son todos, claro. Muchos disfrutan de armonía familiar y grupos positivos de amistades. Varios están conformes con su vida.

Pero la revista de miradas en la clase detecta infinidad de realidades distintas y a veces penosas. Allí estoy, tratando de no mostrarme emocionado y arrastrado a la tristeza, sino dispuesto a mostrar la opción del trabajo, del entusiasmo, del buen humor. Quedarse a llorar y a lamentarse de la suerte no es una salida, sino lo contrario… Entonces, sigo empujando en la dirección correcta, convencido más que nunca-

 

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Regreso tarde del liceo, cansado, y lleno de contrapuestas sensaciones. Contento por la respuesta de los estudiantes, por el afecto mutuo, por el resultado de la clase, por los pequeños pero consistentes logros.

Pero vuelvo también apenado por la realidad visible, por los que traen consigo los pesares de su casa o de su entorno, por lo que puedo leer en los rostros de muchos jovencitos, preocupado por los que ya no vienen. Suele pasar… Algunos llegan al liceo sin saber muy bien por qué, tienen comportamientos que demuestran no entenderlo, y desenfocados, dejan de asistir.

Triste por tanta tristeza que exhiben rostros adolescentes, casi niños por la edad, pero golpeados por la vida más de lo imaginable. Pasan cosas horribles, estoy seguro, aunque desconozco los detalles. No es edad para arrastrar responsabilidades fuertes sobre sus mayores o sus hermanos; no es edad para vivir solos, para tomar decisiones trascendentes, para soportar quién sabe qué impertinencias y situaciones inapropiadas.

Me esfuerzo por pintarles un universo de colores, tapar con sorpresas sus realidades grises, abrirles la mente como el mejor instrumento a favor de la independencia y la superación… Me esmero por ganarles una sonrisa, despertarles una inquietud, preguntas, curiosidad. Trato de hacerles ver que son capaces de encontrar respuestas, de razonar. Intento decirles que no están solos y que me importan de verdad.

Un poco logro y eso es infinitamente más que nada. Pero es un instante, muy breve y débil como para cubrir de felicidad esa existencia adolescente y desolada. No alcanzan los minutos de una clase…

…La tristeza es contagiosa, y me acompaña en el camino de regreso.

 

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La tarjetita… Esa carta puro sentimiento que entrego a fin de año a mis alumnos, desde hace mucho tiempo.

Esa que algunos guardan y vuelven a leer, pero sin saber quizás que la escribí llorando. Dice cosas que yo no podría decir personalmente sin que la voz se me quebrara y los ojos se me nublaran.

Es que fui, primero, niño, adolescente y joven, tuve compañeros de clase, maestros y profesores, un mundo hermoso y breve que queda marcado a fuego en el alma. Después… después me paré del otro lado en el aula, y he vivido intensamente estas 37 generaciones, unos 13.000 alumnos, varios liceos.

Cada vez que trato de ubicarme en el lugar de un estudiante, regreso sin querer a repasar mi cofre de recuerdos, a revolver en busca de rostros y de nombres, una emoción por cada hallazgo, un lamento por aquellos que no encuentro. Yo soy yo, el mismo de antes, modelado por los años y las vivencias, y soy ellos, en alguna sensible lejanía.

La tarjetita… Son muchas las versiones en cuanto al texto, a las palabras, pero siempre es el mismo sentimiento. Es el deseo de advertirles que están pasando una etapa hermosa de su vida, que no dura mucho pero siempre se recuerda, decirles que los caminos se separan, que las valoraciones cambian, que las responsabilidades aumentan… y sobre todo, hacerles saber que les entiendo más de lo que imaginan, y que el afecto es de verdad. Yo las escribo pero no las leo, por no llorar.

A veces terminan las clases y algunos alumnos me demuestran cariño. Otros no, tal vez porque no los dejé entrar cuando llegaron tarde o les exigí cumplir con un trabajo… o simplemente no les simpaticé. Pero lo lindo es que al pasar los años, los reencuentros son emocionantes. Todos. Todos, hasta los que se producen por este medio.

Alberto Vaccaro

 

 

 

 

Hay, lamentablemente, personas que tienen hambre. Niños que sufren hambre. Cuando intento entenderlo no busco respuestas en un gobierno que ha dado suficientes asistencias a las personas en situación de riesgo social y alimentario.

Busco respuestas en las propias familias. Aunque cada caso es diferente y las excepciones no se deben ignorar, me pregunto si padres que cobran asignación familiar y perciben ayudas alimentarias, destinan esos recursos a mantener a sus hijos… o a solventar vicios, comodidades y hasta lujos.

El hambre es un grave problema, y mueve las raíces más hondas de la solidaridad. En ciertas partes del planeta, la inanición es un mal endémico y terriblemente injusto. En Uruguay no estamos acostumbrados a enterarnos de muchos casos, pero siempre los hay.

Pero también nos rodean otros males, como la ausencia de dignidad, la pérdida de hábitos de labor, la desvalorización de la familia, y políticas que (seguramente con buenas intenciones y malos resultados) no incentivan al trabajador y promueven generaciones que valoran más la “viveza”, la “haraganería” y sentarse a esperar (y exigir) auxilio, que el esfuerzo diario por procurar el pan para los hijos.

Alberto Vaccaro

 

 

 

“La democracia es una forma de gobierno del Estado donde el poder es ejercido por el pueblo, mediante mecanismos legítimos de participación en la toma de decisiones políticas.

El mecanismo fundamental de participación de la ciudadanía es el sufragio universal, libre, igual, directo y secreto, a través del cual elige a sus dirigentes para representarlos en un período determinado”. (significados.com/democracia/)

Es indudable que si la opción es entre varios candidatos, y ninguno de ellos obtiene el cien por cien de los votos, es porque existen diversas opiniones. Creer que sólo cuenta la opinión propia y las distintas están equivocadas, es, más que un error, un desconocimiento a la democracia en sí.

No ser capaces de aceptar la voluntad del pueblo y buscar explicaciones retorcidas para justificar una decisión popular alejada de nuestro gusto, es el culto a la dictadura.

Alberto Vaccaro

 

El Mundo cambia... ¡Vaya novedad! Siempre estamos hablando de eso. El cambio es lo constante pero sin embargo, no logro acostumbrarme por completo.

No sólo se modifican los paisajes, la arquitectura, los modelos de los autos, las pantallas de televisión, los teléfonos… sino también se altera la sociedad, el rol de la familia, los valores que las personas llevan por bandera.

No vengo, en estas letras, a sostener que “lo viejo era mejor”, que “tiempos eran los de antes”, ni siquiera que mi forma de pensar es la única acertada en el Mundo que habito. Pero vengo sí a exponer mi pensamiento.

Me siento en un escenario donde los jóvenes no tienen proyectos parecidos a los que yo tuve a esa edad, donde algunos padres no se preocupan por lo mismo que se preocupaban los míos… y parte de los docentes tienen modelos ideales muy diferentes a los que tengo.

No hablo de aquellos alumnos que se ponían de pie cuando ingresaba el docente al aula, porque no era más que una costumbre, y eso no significa más ni menos respeto. No hablo siquiera de los padres que ya no vienen a ver cómo marchan sus hijos en el estudio, sino a recriminar al profesor las bajas notas.

Hay otras cosas.

Muchos docentes queremos ser un mojón, un impulsor, una referencia, para apuntalar a los adolescentes hacia las mejores opciones de futuro. Pero no todos tenemos la misma idea sobre cuáles opciones son mejores. No vengo a juzgar ni a señalar errores, ni a contraponer lo bueno con lo malo. Aterrizo en esta página al procesar lo que veo y escucho, y asombrarme de las grandes diferencias con mis ideales y conceptos-

Se está acercando el tiempo de pensar y prepararme para mi retiro… Dejar a una generación de alumnos y profesores en sus propias coordenadas y valores, porque tal vez quienes me antecedieron se habrán asombrado de mis tiempos jóvenes.

Será en pocos años. Mientras tanto, siento un impulso que me obliga a no cejar en mi esfuerzo, a seguir sembrando como el primer día, a contagiar alguno de mis valores, a predicar con el ejemplo, a trasmitir mis aprendizajes del camino... A aceptar la diversidad, pero sin renunciar a ser quien soy, ni quien sé que debo ser.

Alberto Vaccaro

 

 

 

 

 

Día de los Trabajadores. Comienzo con el deseo de un muy Feliz Día para todos quienes así se sienten.

Felicitaciones para los héroes cotidianos que embisten la mañana con la fuerza y el coraje que exige la búsqueda del sustento propio y de la familia.

Felicitaciones a quienes hacen siempre lo mejor a su alcance y un poquito más, y afrontan la vida con esa dignidad incomparable que da el trabajo.

El día por los derechos de los trabajadores… Mucho se habla de esto y no hace falta repetirlo. Simplemente adhiero a que se respeten. Abogo por la extirpación total de la sociedad planetaria, de la explotación humana, de la discriminación por sexo o por raza, de toda forma de esclavitud.

Apoyo la extinción del delito, de los haraganes que pretenden tener lo mismo que los sacrificados laborantes, de los que buscan excusas para permanecer en descanso continuo, de quienes prefieren vivir a costa de los demás, y fundamentalmente de los que dicen: “para lo que me pagan… demasiado hago”.

El trabajo es nuestra forma de ganarnos el pan, pero no sólo eso. Es nuestro crecimiento y proyección en la vida, es el camino para realizarnos como hombres o mujeres, es el ámbito para desplegar nuestros más valorados principios éticos… y hasta una oportunidad de servir a la sociedad que integramos.

Suelo sufrir mucho cuando personas que nunca pedí que me representen, salen a los medios de comunicación a decir “la clase obrera” o “los trabajadores de este país, queremos…” y se arrogan la autoridad de hablar en mi nombre, o el suyo, sin consultar nuestra opinión… ¡sin que les importe nuestra opinión!

Yo tengo mis códigos, mis principios, y no acepto que mencionando no sé qué representatividad los pasen por arriba y me involucren de hecho en actitudes que la mayor parte de las veces, repruebo.

Feliz día para aquellos que no son resentidos en lucha constante por  aplastar a sus patrones, felicitaciones a los que cumplen sus tareas aunque no los estén controlando, a los que antes que nada piensan en concretar el resultado de su esfuerzo como una obra maestra, a quienes antes de pedir un mayor sueldo, procuran merecerlo.

El Día de los trabajadores es también de quienes están jubilados, pero tras muchos años de valioso esfuerzo… y para quienes se están preparando para ingresar al mercado laboral.

Feliz día para quienes prefieren un sueldo a una asistencia solidaria.

¡¡Feliz Día de los trabajadores!!

 

 

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Loco y actor.

Un poco loco, sí, pero esa locura de no olvidar la fantasía, de no dejar de soñar, de querer mejorar el mundo, de despreciar al “no se puede”.

Actor sí, como todos, porque la vida es una gran función y somos un personaje bien aprendido. Actor porque es un camino para sentirme en el tiempo y lugar de otras personas

Quiero que me dure la locura y esas ganas de seguir representando a los protagonistas de mis historias con entusiasmo, porque en el camino se van abriendo las puertas que necesito abrir. Quiero que me dure el placer de comunicarme con los adolescentes desde mi rol, saltar desde la silla, asumir las voces de Bruno y de Galileo, dibujar circunferencias o adelantarme a las diapositivas de la presentación para la clase.

Quiero tener el puntero láser en mi mano y señalar a las estrellas, contar leyendas, deleitarme con los ojos expectantes de aquellos que esperan el desenlace del relato.

Quiero seguir con mi bandera al hombro, sembrando semillas en tierra fértil, y disfrutarlo.

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A veces el campo, los cerros, las pequeñas cañadas en el quiebre de cerros y colinas.

A veces el caminito de balasto o de barro cocido al Sol.

Por momentos el aula, los ojos atentos y delatores de los adolescentes, mi discurso, la comunicación de los conceptos y la exaltación de los valores.

En ocasiones son las estrellas, la profundidad del espacio, la milenaria fantasía de las formas y la demorada luz que me informa de los astros.

Cada cosa a su tiempo.

Es momento de volver a clase, conocer amigos nuevos, sembrar con la bandera al hombro y tratar de incidir a favor del éxito de mis alumnos.

Se me harán más esporádicos los paseos en bicicleta o las caminatas por el campo, pero cumpliré con la misión elegida, con todo mi entusiasmo.

 

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No puedo decir “Soy yo, y basta”. En realidad soy la suma de las variables de mi Mundo: mi terruño, mi familia, mis amigos, el aire de campo, el espacio que genero, mi historia y mi presente, los caminitos para pasear en bicicleta, mis ideas, mis sueños, los acontecimientos de cada día, la experiencia recogida, los aprendizajes, los golpes recibidos y los afectos cosechados.

Yo y el viento, la lluvia o el Sol, las noches estrelladas, mis alumnos…

Mis recuerdos.

Si algo faltara o cambiara radicalmente, ya no sería quien soy.

 

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Me estaba acordando… de cuando tenía unos diez años. Estudiaba acordeón a piano y solfeo en casa de Mabel, en el Barrio Estación, donde ahora está el CAIF. En el salón donde ayudaba con el solfeo a otros compañeros, había un espejo. Cuando me veía en él, estaba convencido que solía ser dos personas diferentes. Había matices en mi rostro, que me parecían a veces muy cambiados. Era costumbre, cuando llegaba, fijarme cuál de mis aspectos había traído. Me olvidé de eso con el tiempo, y lo estaba recordando…  Me di cuenta que en tantos años transcurridos, he sido miles de personas diferentes, mi rostro ha cambiado sin pausa… Pero en lo sustancial, en aquello que consiste en ser yo mismo, he ido cambiando con la edad y los aprendizajes, sin dejar jamás de ser aquel niño de las clases de acordeón.

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Sonaron las campanas, los cohetes, lo corchos en el techo, los cristales de las copas, las palabras repetidas.  Cayeron los almanaques viejos. ¿Qué cambió?

Una vuelta más de la calesita, un giro de la rueda, un ciclo artificialmente numerado, como si la continuidad imperturbable del tiempo tuviera comienzos y finales.

Ha comenzado un nuevo año. ¿Qué cambió?

No se terminó la injusticia, ni el hambre, ni la guerra. Los mismos odios, las mismas ambiciones. Florecen como siempre las mentiras, los engaños, el delito.

Pero estamos en otro año. Creemos que significa dar vuelta una página para escribir con letra prolija en una nueva… y más allá de trazo cuidadoso, seguimos escribiendo la misma historia.

No se acabó el consumismo, ni los vicios, ni desaparecieron sus promotores.

¿Qué cambió? Sólo que volvimos a la misma estación del año que doce meses atrás, que estamos un poco más viejos, que algunos de nuestros seres queridos ya no están… que tenemos afectos nuevos.

Pero renace la ilusión. Volvemos a plantearnos propósitos, sueños, y les dedicamos nuestras mejores intenciones y la más pura esperanza.

Es suficiente. Con eso alcanza.

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Yo vivo junto al bosque, entre las curvas de los cerros y la Cruz del Sur.

En mi casa se escucha el trino de las aves y la brisa al pasar entre las ramas… Y cruzan sueños sobre mi patio, el olor salitroso del mar, la colina poblada de calles y los rastros del tiempo que flotan visibles a los ojos del alma.

Yo vivo en un punto minúsculo del espacio, en la escena pueblerina de mi ciudad y su gente, entre el planeta Tierra y la Cruz del Sur.

 

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Busco la noche, la oscuridad abisal del cielo, las estrellas. Busco lo más distante, lo que la luz no alcanza, lo que ningún telescopio capta. Busco el fondo vacío del espacio, la negrura de la nada, lo que ni siquiera sé si existe.

Pero a veces la noche es un espejo, la orilla más distante del Universo es mi orilla, y no soy el buscador sino el objetivo.

La noche y yo, la eternidad en un vistazo, lo de más afuera y lo de más adentro.

Busco lejos… Me busco.

 

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Una cascada de voces poli cromáticas, llena el aire y hace vibrar, no sé si las paredes o las ventanas, pero seguro sí el pecho de todos.

El solista canta dulce y alegre, voces graves los acordes, y el coro superpone y separa los tonos en un logrado canon.

La pintura domina la sala, figuras irreales con ángulos de rostros, de cuadrados, de botones… y en la cuidadosa observación aparecen formas conocidas… Gritan los colores en su enmarcado mundo.

La columna de mármol con estrías verticales, es el silencio y el frío, la elegante y rígida inercia en el ambiente.

La canción dibuja paisajes en el éter, los pinta de luces o los borra con penumbras. El cuadro irisa la tarde con encanto, y aunque no estén claras las palabras del mensaje, enciende en el alma el tono de una loca melodía.

En la gran escena, el Sol protagoniza el acto sublime del ocaso con sus rojos de escándalo y caminitos de brillos blancos de semifusas y corcheas sobre el pianísimo mar azul.

Es estéril el canto, si nadie escucha, si no hay puente de sentimientos… es inútil el cuadro y sus contrastes si nadie posa sus ojos en la tela, el teatro, sin público, es sólo un ensayo. La columna escondida o inobservada, no es más que sostén del techo.

Desde la playa se puede escuchar al coro polifónico, su alarde de voces, el impactante final.

El cuadro no calla, no duerme, no tiene paz… la columna permanece aristocrática e insensible. El Sol, con menos quilates, traspone la línea hacia la noche y exime de artes al vitró. Es la obra total, y el gran Director de Orquesta se regocija en la profundidad imposible, entre las incontables y temblorosas estrellas.

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Si digo San Carlos, vienen a mí aquellos tiempos de 6° Año de Liceo, el ómnibus que llenábamos los estudiantes de Pan de Azúcar, las esperas largas con bizcochos en el bar de la Onda, o las caminatas por la ruta con Jesús, mi compañero de clase, hasta que uno o varios camiones nos trasladaran a casa.

Si digo San Carlos, me acuerdo de los arroyos crecidos y los puentes desbordados que le daban el mote de “la Isla”, hasta que terminaron la nueva ruta 9.

Mi amigo Carlos, los partidos de fútbol cerca del arroyo, las jovencitas que mirábamos y “piropeábamos” a la salida de clase y hasta el Teatro de Verano.

El patio del liceo, lleno de escaleras, los salones en diferentes niveles, los profesores, cada compañero, y hasta un futbolito que frecuentábamos una cuadra para el Centro.

Si digo San Carlos… Fue cuando niño, una ciudad bastante lejana a la que arribábamos por una carretera con muchos pozos y curvas, y ya más grande, el lugar al que llegué tentado por un gran telescopio a trabajar en el Observatorio y en las aulas durante 25 años. Las anécdotas son tantas y tan variadas, que merecerían un libro. Los afectos son incontables. Desde el comienzo me llamó la atención el nivel de información cultural que manejaban los estudiantes, mucho más “leídos” que otros. Fue muy buena la relación en clase con los adolescentes, con las personas más grandes del nocturno, y hasta con los maestros y los grupos escolares que frecuentemente visitaban el Observatorio. ¡Son tan valiosos los recuerdos…! Los partidos de fútbol cinco entre profesores y alumnos, que generalmente organizaba Adrián. Algunos asados en el parque Medina y largas horas de charla sobre la vida cuando llovía o estaba nublado.

Las charlas con el “Turco”, los ensayos del coro, las clases con varios grupos en el Salón de Actos o en la azotea.

Si digo San Carlos… hay mucho sentimiento en mi voz. Mi madre y mi esposa son carolinas, pero mucho más allá, tantos años de vínculo docente me han transformado en gran admirador de su sociedad, de su gente letrada y respetuosa.

Las circunstancias (imposibles horarios) hicieron que tuviera que cambiar de liceo,  pero siempre añoro aquel salón 14, una cafetera en el mueble, rodeado de adolescentes interesados en la Astronomía, y en conversar con un profesor que tenía ganas de escucharlos.

Si digo San Carlos, florecen los recuerdos.

Alberto Vaccaro

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Caminos locos, de aventura.

De aventura, sí, de apuesta a lo nuevo y tal vez inseguro.

Caminos locos, sí… Pero caminos sin regreso, no.

Caminos atractivos pero de resultado predecible, de resultado sin cambio, rutas que agradan pero jamás terminan bien… ¡esos no los sigo!

Cometí errores, sin duda. Los cometo todavía, y no me avergüenzan. No temo retractarme, ni retroceder, ni corregir el rumbo.

Una cosa es equivocarse y otra a sabiendas hacer lo incorrecto.

Desde niño supe pararme de frente a las influencias del entorno, y no dejarme convencer de trasgredir la línea. Supe enfrentarme a la moda, a lo que la mayoría hace, a lo que podría afectar sentimientos de otras personas, a lo que provocaría arrepentimientos, a las semillas de culpa que no quiero en mi jardín.

Elegí caminos y hubo algunos quizás mejores, y no los vi.

La oportunidad tentadora es una puerta abierta y un pasillo de alfombra roja… Mas he tratado de adelantarme y ver la puerta desde adentro, donde nada es igual, hacia el exterior, que tampoco me parecerá igual.

Eso no es aventura. La aventura puede ser perseguir un sueño sin grandes certezas de éxito.

Pisar las flores del cantero, lastimar por dentro a las personas, fingir lo que no es, tener desprecio sobre el corazón ajeno, burlarse de la verdad, eso no es aventura, es ser irresponsable.

Caminos sin cordura, sí, pero sin maldad disfrazada de “no me di cuenta”.  Prefiero pasar frente a la hermosa tentación, admirarla por un instante, y seguir sobre firmes adoquines.

No me gusta que me adulen, no disfruto elogios inmerecidos ni por apropiarme de méritos ajenos.

Además, los caminos en bajada, los crucigramas fáciles, los logros sin esfuerzo, todo lo que no me pone a prueba y me obliga a dar lo mejor de lo que soy capaz… los resultados conocidos no me motivan.

¿No aprovechaste tan buena oportunidad? Preguntarán algunos personajes del entorno. Y responderé tranquilo y seguro, que la paz de la conciencia, no tiene precio.

 

 

 

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He vuelto a pedalear en el camino. Ya no hay clases y pese a reuniones y exámenes, encuentro diariamente tiempo para un paseo en bicicleta.

La rueda se afirma en el pedregullo molido y flojo, disfruto al sumergirme en el paisaje y en mí mismo… la interminable colección de verdes pardos, los pájaros en el alambre, los amarillos eruptivos, y el horizonte de cerros vegetados.

El instante es un cable que se conecta con el cosmos, que me integra, que descarga mi electricidad estática acumulada.

El esfuerzo moderado, la brisa en la cara, el canto de la rueda sobre el camino... y uno de mis “yo” que regresa.

¿Quién soy? …me pregunto por enésima vez. Soy el docente que acaba de despedir a una generación más de sus estudiantes. Soy el hombre que habla a su pueblo por la radio cada mañana… pero soy también este ciclista, a veces caminante, que se confunde en las piruetas del camino sin ir demasiado lejos en kilómetros, pero tan lejos como se pueda imaginar en el espacio de las preguntas sin respuesta conocida.

Los cambios de piñón y de plato para el repecho, el proceso inverso en la bajada de cada cerrito que atravieso, una serpiente en el costado del camino, un buitre planeando en círculos, la espesura del monte nativo en las márgenes de cada cañada, las sombras escasas y cortas, la intensidad del Sol en plena tarde, y vibra el manillar que sostengo con fuerza, en las irregularidades del balasto a velocidad por la pendiente.

He vuelto a pedalear por la cinta beige entre lomas y coronillas, para sentirme de nuevo un puñado de átomos del Universo, un ser en paz, una rima del poema de la vida.

Alberto Vaccaro

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Nada tengo para exigir, salvo cumplimiento de las pautas del curso. Nada debo esperar, sino hacer bien mi trabajo y resultados favorables de la siembra. No hay cosechas personales, no hay derecho a recibir siquiera el cariño de los estudiantes. Mi misión es actuar en favor de los adolescentes, impulsarlos a pensar, a ser responsables, solidarios, leales, libres, competentes, fomentar la amistad, el respeto, la puntualidad, y también enseñarles el programa de mi asignatura. Tengo derecho a cobrar mi sueldo y a ser respetado. No hay una deuda de cariño que yo deba cobrar para siempre…

Y cuando el cariño no llega, cuando se dan esos casos (felizmente pocos) de adolescentes que con suerte me saludan, cuando no logro generar sentimientos positivos… podré ser muy infeliz, pero lo debo aceptar. Más aún, cuando yo creo haber hecho lo correcto profesional y humanamente.

Suelo agradecer a Dios cuando a mis exalumnos son buenas personas y les va bien en la vida. Con eso basta.

Claro que cuando en un saludo, en una charla, recuerdan con afecto mi trabajo... ese es un premio extra, y nada vale más.

 

 

 

 

 

Puedo ser tú por un instante, porque lo fui, porque sé de ti y de tu edad. Advierto que no es lo mismo ver desde tus ojos hacia mi presencia adulta, entender mis motivos, mi criterio, los colores de mi mundo.

Pero somos complementarios. Tú traes a clase esa joven efervescencia que me renueva y yo trato de ser una colina, una torre, desde la que puedas ver más lejos y comprender la distancia perpetua al horizonte.

La roca me es indiferente, y no gasto en ella mis palabras. Si te hablo es porque me importas. Si te exijo es porque sé que puedes. Si te limito es porque la coexistencia necesita reglas. Si me pongo serio es para que entiendas que no apruebo tu actitud. Si te rezongo, es porque me resisto a ser un simple espectador de tus errores y no eludo el compromiso de ayudarte a mejorar.

Claro que yo también me equivoco, todos lo hacemos, y tú seguirás teniendo desaciertos… pero no todos los de antes.

Y aunque me vuelva tedioso al repetir un consejo, aunque insista en marcarte caminos, aunque te demande esfuerzo sin que comprendas muy bien el beneficio, lo volveré a hacer cada vez que me sea dada la oportunidad, porque lo siento una responsabilidad fundamental.

 

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Más allá de la puerta, está la luz, el paisaje abierto, el cielo azul.

Un pasadizo en la pared para entrar y para salir. Cuando está cerrada separa mundos simultáneos pero une al abrirse los espacios colectivos.

Del sol radiante a la luz moderada del salón. Del encierro iluminado a la negrura del vacío entre los astros. Comunicación, esa es la palabra. Comunicación entre universos distintos, como mirar los ojos que me ven, como hablar y escuchar, como escribir y leer.

La multitud coexiste a veces con las puertas cerradas, para impedir que sentimientos amistosos transiten sin control desde el alma propia a las ajenas, y a la inversa.

Entonces la ciudad es la soledad de muchos, la calle que pasa allá afuera, las cosas que ocurren allende la puerta. La ciudad es la calle que corre frente a las puertas cerradas.

…Y a veces no pensamos que más allá de la puerta está la luz, el paisaje abierto, el cielo azul.

 

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Están los rostros serios que disimulan una sonrisa viva en los ojos… Y los labios sonrientes que llevan tristeza escondida.

Están las emociones, alegres o tristes, que de alguna manera asoman al balcón de la mirada.

Están los sentimientos, que fluyen como el brillo de las pupilas, y no sé explicar, pero me dicen de afectos o aceptación, búsqueda de apoyo, o desconsuelo.

Las máscaras de la vida… Todos tenemos una, por lo menos. Pero la expresión del disfraz no siempre puede ocultar la del alma.

Percibo, entiendo, sé que no debo intervenir… aunque quisiera ser un mago que al simple chasquido de los dedos, solucionara todos los problemas y esparciera ondas de felicidad.

La empatía del momento me deja pleno de apegos, pero me contagia dolores que voy sufriendo al regreso, como un peso, como una parte pequeña de tristezas que no me son tan ajenas.

 

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¿Qué personas te aprecian de verdad? ¿Quiénes quieren tu éxito, tu felicidad?

Es difícil medir el cariño, entenderlo, y puede confundirse con falsos halagos, con las mentiras que te gusta escuchar, con la perniciosa complicidad de la demagogia.

El compromiso con lo correcto, los límites definidos, contrastan con la bondad engañosa del permisivo.

No caeré en la tolerancia absoluta y la renuncia a incidir positivamente en los estudiantes de mi clase.

Si logro su cariño, mucho mejor… pero sin traicionar mis principios, sin dejar de hacer lo que sé debo hacer, sin olvidar que nada se compara con la tranquilidad de conciencia.

Si he de elegir un afecto, será aquel que surja con el tiempo en la posterior evaluación de cada instancia… y no ese muy perecedero del que festeja las horas libres, las clases sin trabajo, el descontrol.

 

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¿Qué fue de aquellos que ya no vienen? Ando por el patio de piedra rumbo al salón, para la clase, y está claro que se acerca el fin de cursos: Casi no había lugar para caminar, y hoy voy solo hacia la puerta también sin nadie. Quizás algunos faltan porque tienen pruebas de evaluación en alguna asignatura, pero me vinieron a la conciencia los rostros de aquellos que comenzaron el año y se fueron perdiendo en la nube de anonimatos que los lleva, no sé a dónde.

¿Qué será de sus vidas? ¿Dejaron de pugnar por un futuro más auspicioso, están trabajando, ayudan a sus padres…? …¿o irán por la calle en patineta hasta la esquina del vicio, hasta el hastío del “far niente”, hasta un poco promisorio espacio de amigos no tan amigos?

¿Por qué han permitido sus mayores que se alejen del estudio? Me he quedado sin decirles todo lo que quería decirles, las advertencias que suelo hacer sobre los caminos elegidos, los valores que me hubiera gustado contagiarles, las emociones que en el curso de una clase pretendo compartir.

Nada sé de ellos. Mi ruta continúa y la proa se fija en el futuro. Han sido cientos, o miles, los que en tantos años, fueron alejándose de su propio barco. Cada tanto me encuentro con uno de ellos y siento cierta culpa por no haber sabido retenerlo a bordo. Aquellos que vienen hasta el final me escuchan varias veces exponer mis razones. Podrán tomar o dejar mis mensajes, pero aquellos que fueron desertando… No se dieron la oportunidad.

 

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A veces regreso consternado. Feliz por el cariño que recojo, por la confianza para contarme sus problemas, por esos espontáneos y sinceros saludos; pero afligido, por no ser capaz de cambiarles la vida, por no tener la solución a ciertas injusticias… por la incertidumbre sobre el futuro de jovencitos y jovencitas que nacieron donde les tocó, y deben afrontar situaciones y responsabilidades que no son propias de su edad.

Sólo puedo prestarles unos minutos de atención, escucharlos, mirarlos a los ojos para evaluar la profundidad de su dolor.

De la gran mayoría no sé casi nada, pero a la luz de lo conocido, es inevitable imaginar muchas tristes realidades ocultas en el aula.

Trato de hacerles ver un camino, les hablo del estudio, de la independencia que se consigue con un oficio o profesión, del competitivo mundo que habitamos, de la importancia de la autocrítica, del esfuerzo, de la preparación… De saber que los logros llegan con trabajo y esa es la manera más viable para alcanzarlos.

Muchos me escuchan con atención, y veo rostros confundidos, inseguros, ilusionados, en una gama variada y compleja.

Unos pocos se ríen, creen estar por encima de mis palabras. Estos son los que más me preocupan, porque el fracaso está buscándolos.

Otros se aferran al instante y quieren continuar la cercanía que tal vez con sus padres no logran.

Creo que si algunos de los docentes no habláramos con ellos, todo sería aún peor. Es muy poco el aporte de una charla, pero infinitamente más que nada.

 

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Iban de la mano. No importa si era por la calle, por un pasillo, o por la playa. No importa si fue en el parque, en la plaza, en el hall del hospital o en el patio de un liceo. Iban de la mano, los dedos entrecruzados, tan acopladas las manos que eran un conjunto armonioso y natural.

No importa si eran amigos, novios, primos… No importa la edad ni el nombre… Eran una mano de varón, y una mano femenina, que se resguardaban mutuamente, como si por el contacto de la piel las almas se abrazaran.

Percibí cierta alegría y mucha confianza.

No importan los rostros, la charla, el escenario, el resto de las personas… quizás era ese el momento más importante y grato de sus vidas. Quizás era algo de todos los días, pero me pareció especial, como si el lenguaje sin palabras de las manos, conjugara un verbo sublime y conocido.

Un puente, un imán, un universo donde la eternidad y el infinito son innecesarios…

 

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¡Qué enfermedad la tristeza! Me cruzo con ella casi a diario, por la calle, en las oficinas, por los pasillos del liceo, en el aula. La veo con cara de varón o con cara de mujer, en algunos ancianos, en muchos adultos, y en demasiados adolescentes.

La tristeza. A veces es el rostro de un problema o dolor pasajero, pero otras veces se instala en las personas y es un gesto permanente e inconfundible.

¡Sabe Dios los motivos! Soledad, incomprensión, frustraciones, desengaños, amores no correspondidos, nostalgia, desesperanza, miedos, desilusiones, injusticias, errores casi irreparables… Pero muchos trasladan el virus por el Mundo y se torna contagioso. Se agrava con el pesimismo, con darse por vencido, con la impotencia, con sentirse definitivamente derrotado.

El peor tratamiento es acostarse en el tiempo a sufrir los pesares, dejarse ahogar por la pena, compadecerse de sí mismo por la desgraciada suerte, y sólo centrarse en lo malo. Existe también lo bueno.

Algunas cosas, como el pasado, no se pueden cambiar. Pero se puede cambiar la actitud hacia el futuro, y fundamentalmente se puede soñar.

 

 

 

 

 

 

Si la Luna ya cayó de la noche al precipicio,

y el Sol no ha venido porque es demasiado temprano…

En lo alto, las estrellas se derraman temblando

Sobre el negro cósmico, eterno y profundo del vacío.

 

Luces que se esconden y renuncian a sus altares

Vestidos de fiesta o de novia semitransparentes

Y un compendio de preguntas, de las más trascendentes,

Que flotan como globos, entre lo que no se sabe.

 

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Lluvia de plata sobre el paisaje, combate la noche. La lámpara superlativa cobra altura y llena de blancos el cielo…

Abolida la oscuridad, las estrellas se diluyen tras un velo de luz.

Rayos de plata sobre la tela, como las rimas melodiosas de una poesía, como la sinfonía de cierre del concierto, como una inspirada obra divina.

Y la Luna se instala, como un níveo embrujo, sobre el alma.-

 

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Allá tras la loma de piedra y pasto ralo, duerme la tapera su siesta larga y final.

En su entorno suenan ecos de voces en otras dimensiones temporales.

Quien no pueda escucharlas, caerá en el triste pozo de silencio doloroso, de esplendores secos y amarillos, de paredes rotas y techos incompletos.

En su espacio desolado… corren niños en los juegos de la tarde, mientras una columna de humo brota de la chimenea. Flota en el paisaje una era de alegría familiar, de cosechas y cabalgatas a la escuela, de casi obligada simpleza y naturalidad. Quien no puede verla, tiene el alma ciega.

Pero la tapera se llenó de aves y de flores entre pastos invasivos, una rama en la ventana, y una olla corroída donde estuvo la cocina.

La silueta de la casa se recorta en el paisaje, y en la distancia, parece viva. Los caminos se adivinan en la maleza y el brocal de un pozo sigue erguido y soporta un tramo oxidado de cadena.

El amor sencillo, la luz de los faroles, las madrugadas para ordeñar, el fogón y la reunión tras la puesta del sol… Relojes de cuerda vencida, leños apagados, palenques sin riendas atadas, galpones vacíos. Un martillazo de los años ha transformado un edén azul, en ocre y extrema decadencia. Cerca la cañada no se entera de nada, los cerros tampoco, ni el viento que silba en el ombú… mientras los muros caen donde ya no importa.

 

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El barco viejo llega, con su esqueleto cansado, al muelle gris.

Habrá pintura, reparaciones y reemplazo de piezas vencidas. El puerto es una pausa, nada más, para volver renovado a enfrentar los mares interminables.

El barco no sueña con amarras, sino con velas desplegadas y la estela que poco perdura tras la popa. El barco sueña rasgar la tela del mar con la tijera de su proa, la brújula y el sextante, el timón, la bitácora, y un rumbo en las estrellas.

En la arena, la nave moriría entre oxidados hierros y madera acorchada. La escala es el intervalo entre el arribo y la partida, entre el ¡Hola! Y el ¡Adiós!

El incierto destino y los cambiantes desafíos, las tormentas feroces o la calma que enloquece, los relojes que no aciertan con la hora, y las distancias que asustan y se derrumban…

La escollera seduce menos que la aventura.

Alberto Vaccaro

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La Luna semioculta tras las nubes. Caras sonrientes que me miran y dan vueltas por mi cabeza, algún abrazo, muchos besos, apretones de manos, una implícita alegría de reencuentro tras una semana sin clases.

Apenas se ve la Luna creciente en la ventana y la ruta me lleva a casa de regreso, tras catorce horas de labor.

El cansancio vale la pena, me sentí pleno en cada clase, un poco actor, un poco sicólogo, y desplegué mi trama de relatos y deducciones ¡diez veces! …Sin perder el entusiasmo.

Me halagan los rostros encandilados con el tema, la atención total, las miradas elocuentes cuando descubren lo que esperaba que descubrieran. Sonrieron, se asombraron, pensaron, creo que aprendieron.

Cada uno con su personalidad y su carácter, más o menos activos, divertidos o callados, abrían sus ojos más que otras veces y vivían el momento.

Ellos tienen su vida afuera de la clase, y al salir retornarán a su mundo de cosas lindas o no tanto.

Afuera la Luna se esconde y reaparece tras la cortina gris, y en la oscuridad del auto, voy sonriendo entre recuerdos nuevos.

El sueldo es importante, los informes de inspectores o directores, el puntaje… Pero nada más valioso que la propia satisfacción que da el trabajo.

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¡Cuántas veces tengo ganas de ceder…! Ganas de decirles “está bien” y disfrutar con ellos el momento. Es tentador compartir la frescura adolescente y esa alegría de vivir. Pero tengo una misión.

Me duele dejar afuera al que llegó tarde, pero prometí que si había comenzado la clase no los dejaría entrar. Es que deben aprender a ser puntuales, eso les será útil en la vida. Deben aprender a respetar también el trabajo ajeno. Todos lo saben desde el primer día y para que mi posición se respete, es preciso cumplir estrictamente la palabra.

Al que no trajo el cuaderno completo, al que no llegó al puntaje mínimo a fin de año… Debo insistir en que los logros llegan por la puerta de la responsabilidad, la asiduidad, el esfuerzo. Eso será importante para ellos toda la vida, mucho más que un benévolo e inmerecido perdón.

Claro que me gusta que me quieran, que no se vayan contrariados conmigo, que me vean como a un amigo.

Pero me apoyo en que quien los engaña no es un buen amigo.

…Y nada mejor que predicar con el ejemplo… Entonces, debo hacer lo que sé que es correcto, aunque no me agrade.

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Eres tú cuando hablas, cuando miras, cuando callas. Eres tú y no pretendo cambiar quien eres. Eres tú en el teatro de la vida, actuando a tu manera, como hacemos todos.

Hay mensajes en los gestos, en las palabras elegidas, en los silencios. Te vi rebelde y eso está bien. No creo en la obsecuencia, en el conformismo incondicional, en aceptar todo como es, como si no pudiéramos impulsar los cambios que entendemos primordiales.

No creo en la resignación de las ideas, en el arriado fácil de las banderas, en dejar que sólo los demás decidan.

Yo escribo porque soy rebelde, porque quiero incidir en el curso de los hechos, porque no estoy dispuesto a dejar que todo siga igual, porque sin siembra no habrá cosecha.

Respeto sin objeciones tu personalidad, trato de aplicar empatía a tus opiniones, pero eso sólo resulta en la reciprocidad.

La personalidad no es una inmutable estatua de mármol, sino una construcción permanente y maleable en el entorno, en el paso del tiempo, en las experiencias cotidianas. Por ello la rebeldía no significa negarse a escuchar, negarse a enterarse de otros puntos de vista o variables nuevas. La necedad no es rebeldía, está muy lejos de serlo.

Escucho cuando hablas, atiendo tus opiniones, me importa lo que dices y muchas veces aprendo de tus razones…

No pretendo cambiar lo que eres, sino aportar insumos para tu toma de decisiones. No llevarte, sino ayudarte a encontrar los caminos. No quiero vencerte, sino luchar de tu lado.

 

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¿Qué miran tus ojos semiabiertos en los bucles del humo gris?

¿qué significan el tatuaje en el brazo y el piercing en la nariz?

¿Qué sueñas allí, inmóvil, mientras la tarde muere callada,

Y no encuentras un lugar convincente entre el todo y la nada?

Alberto Vaccaro

 

 

 

 

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Su pupila parece la puerta abierta a un foso infinito, y al borde del vértigo, me acerca a la profunda belleza del Cosmos. Un cóctel de brillos pretéritos me llega hasta el alma y formas imperceptibles en el cielo, se tornan nítidos tesoros.

Salgo de mi dimensión corporal y terrestre, para viajar por el espacio distancias increíbles. Algunos detalles secretos se revelan en su campo, y como Galileo, dejo crecer el asombro en los cráteres plurales de la Luna, en sus montañas, o en los etéreos anillos de Saturno.

No viviré tanto como para posar mis ojos en cada posible objetivo, o para dejar de emocionarme con su mágica aparición.

Un telescopio es un pasadizo al ancho mar de nada, donde flotan los astros, un velero buscando puertos en lo desconocido, una flecha imaginaria hacia los colores destellantes de la noche.

Dueño de su enfoque, hurgo en los misterios espacio-temporales de un entorno más amplio y añejo que mi conciencia, hasta saciar transitoriamente la sed de espía.

Sólo un maravilloso espectáculo se le compara. Sólo un brillo, un gesto, una expresión… o el rostro asombrado de un alumno, cuando asoma su pupila a la irisada pantalla de la realidad lejana.

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Me niego a dejarme llevar por la corriente, a darme por vencido, a admitir que nada es posible.

Aunque los tiempos sean difíciles… (Porque en cada época se dijo lo mismo), creo que siempre existen caminos, estrategias, brechas por las que entrar al laberinto de la realidad y aportar con confianza, alternativas mejores.

No me conforma que ya otros se hayan declarado incapaces, ni que la gran mayoría opine que la lucha está perdida.

Me niego a ser testigo de los hechos, horrorizado, y asumir que no se puede.

No soy inocente. El Mundo es lo que los humanos hacemos de él o dejamos que le suceda.

¿Cuál sería, de lo contrario, mi rol en el aula?

Quizás no logre todos mis objetivos, pero si abandono la brega, no se concretará ninguno.

Límites claros, mucho afecto, entusiasmo, compromiso. Debo dedicar mucha atención a lo que ocurre en el grupo y en cada rostro, a las miradas, a los gestos, a las palabras. Debo predicar con el ejemplo y ser positivo, porque el optimismo y el pesimismo son contagiosos.

Quizás los adolescentes de hoy escriban con errores ortográficos agudos, o desconozcan las operaciones matemáticas más sencillas, o ignoren el significado de cada fecha patria… Pero son personas capaces de emocionarse, de ser solidarios, de sentir cariño, de apreciar a quienes los escuchan.

A veces creen burlarse de los profesores, o de algún compañero, pero en el fondo está su propia inseguridad, la insatisfacción de sí mismo, la rebeldía que provoca no saber hacia dónde caminar.

La calle les ofrece modelos oscuros. Nuestro deber es tratar de proponerles modelos diferentes y más luminosos.

Si no conocen los límites, quizás sea porque nadie se los ha marcado con nitidez. Si no cultivan valores, ha de ser porque en su entorno no están de moda.

Si no respetan, es posible que la conducta provenga de no sentirse respetados… O ni siquiera tenidos en cuenta.

¿Por qué no intentarlo?

¿Por qué dejar crecer la crisis sin aportar el máximo y más inspirado esfuerzo?

 

 

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Hoy (1° de septiembre de 2014) cumplo 35 años de trabajo en Educación Secundaria.

Recuerdo muy nítidamente aquellos primeros momentos ante una clase en la cual los estudiantes tenían 4 o 5 años menos que yo.

Ha pasado mucha agua bajo el puente, muchos rostros… y un proceso de aprendizaje permanente que sigue en curso. Más de doce mil jovencitos. Al principio fui compañero de trabajo de varios de mis profesores, y ahora de algunos de mis alumnos.

Me resulta muy común encontrar, por los rostros o por los apellidos, adolescentes cuyos padres y madres fueron mis discípulos.

Aquí estoy, con muchas ganas de seguir unos años más, feliz de la misión que Dios me permitió. Disfruto cada clase, trato de actuar de forma positiva sobre todas las personas, me propongo ser fiel a mis principios y valores aún a costa de no ser simpático

Es un día más, pero importante para mí, porque recuerda el comienzo de una etapa demasiado trascendente en mi vida.

 

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Una colina, una colina bajo mis pies, bajo los cimientos de cada casa, bajo la calle y la vereda. Sólo una colina rocosa, pasto ralo, y maleza… alguna coronilla. Veo la espesura hacia el arroyo, las espinas de cruz, ciervos y lagartos.

El cielo ha cambiado poco, exceptuando las luces urbanas. La misma Luna, las estrellas de siempre, el cerro de granito allí enfrente, y el arroyo poblado por trinos y aleteos.

Acá el campo, sin alambres ni muros, con algún bosque desprolijo de arrayanes, espinillos o quebrachos…

Una onda grande en el paisaje, entre tantas, de un abanico de verdes apagados y de grises, como aquellas que dibujan murallas a la vista, casi donde corta el horizonte.

Una colina. Aquí estoy, en la ciudad que el tiempo trajo, en el hábitat humano que desplazó a tantos otros y trajo ruidos y locuras. Aquí, sobre un suelo que añadimos, en medio de un panorama seriamente alterado con nuestras manos.

Pocos siglos desde entonces hasta hoy… insuficientes para borrar del todo alguna huella de la virgen serranía, del campamento chaná, de una historia imaginada pero muy poco conocida.

 

 

 

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Ellos me escuchan, más atentos de lo habitual. Asienten con la cabeza, fruncen el ceño, captan el mensaje. Me siento cómodo y tranquilo con mi conciencia. No sé si logro convencerlos, si cambiarán mañana, si harán lo que digo, si les mejorarán las perspectivas… Pero siento que he hecho lo correcto.

Algunos tomaron brevemente la palabra y agregaron sus aportes.

Comenzamos con que “el tiempo perdido no se recupera”. No se puede cambiar el pasado, así que de nada vale lamentarse y preguntarse por enésima vez “¿Por qué no tomé las riendas de mi vida, e hice lo que sabía que debía hacer?

El punto de inflexión es hoy, este instante. Puedo cambiar el futuro, elegir mejor los caminos, adoptar una actitud positiva y más responsable, ajustar el balance de mis tiempos, aprovechar las próximas oportunidades, celebrar que estoy en carrera, levantarme feliz por un nuevo día para pugnar por mis sueños.

El compromiso es con el futuro. Dejaré de compadecerme de mi suerte, de sentirme poco afortunado, de llorar por los problemas, de quejarme por el entorno y las circunstancias.

No hay tiempo para lamentos. Puedo elegir arremeter con fuerza hacia la meta, o dejarme caer, vencido desde lo más profundo del alma.

Puedo pelear y perder, pero si no peleo, no gano.

Fui con mi discurso a varias clases, para los minutos que me quedaran tras el control de los cuadernos. Me dejó satisfecho que aún aquellos que he visto más distantes del sendero, aceptaron respetuosamente mis palabras. Intuí que me dieron la razón. Confirmé así que los estudiantes problemáticos no expresan una enfermedad sino los síntomas de una mucho más compleja: la de su círculo, la de su familia, la de la sociedad toda.

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A mis alumnos

El tiempo perdido… Exageradas horas en las redes sociales, en la computadora o en el celular. No duermes las horas que debes porque se te hace tarde y debes levantarte temprano. Miras televisión y juegas con el celular, conversas con amigos pero no dejas de consultar el Facebook, responder mensajes y escribir con los dedos pulgares y una habilidad extraordinaria.

Si estás en clase, la atención se te desvía a la pantalla pequeñita, pero también cuando caminas por la vereda, cuando cenas, o si recorres los mejores paisajes.

¿Cuándo estudias?

No me convenzas, porque no sirve de nada. Es tu tiempo el que desperdicias mientras el Mundo corre a tu lado y te quedas varado en la estación mirando alejarse el tren.

El día tiene veinticuatro horas, son tres períodos de ocho. Uno es para dormir, otro para estudiar o trabajar, y el tercero para todo lo demás: deportes, amigos, computadora, televisión, charlas familiares.

El tiempo perdido… no se recupera. Cuando lo entiendas puede ser muy tarde. Te diría lo mismo si duermes más de ocho horas o si estudias o trabajas 15 horas por día.

La clave es el equilibrio.

Pero lo más destacado es que un micro chip que tenemos incluido en nuestro sistema, hace sonar silenciosas alarmas cuando sabemos que actuamos por fuera de las coordenadas esperables y positivas. En realidad no nos hace felices permanecer indiferentes a las obligaciones, por fuera de los límites, transgresores de todo. Es una voz interior que nos tortura y le quita brillo al placer de esas horas malgastadas. No me digas que tú no sientes nada, que te da lo mismo, que disfrutas al máximo con el ocio ilegítimo o las omisiones de cada día… porque no lo creo.

En cambio, hacer lo correcto, obtener buenos resultados, darle buen uso a cada instante, cumplir con las obligaciones, da una íntima alegría, un placer interior, un indescriptible bienestar.

Las diversiones en el tiempo correcto, con la base de la tranquilidad de conciencia, son mucho más gratificantes.

No intentes convencerme, si en definitiva, tus padres te hacen estas recomendaciones sólo porque quieren lo mejor para ti. Además, los que ya tenemos algunos años hemos pasado todas estas situaciones, de uno y otro lado.

Cuando doy estos consejos en clase, tú y todos mis alumnos me escuchan con respeto, admiten con la mirada que tengo razón, me dicen que sí, que van a cambiar. Pero hay una inercia difícil de vencer, una divergencia entre lo que piensas y lo que haces. Pero no lo olvides: el tiempo perdido, no se recupera.

 

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El viento corre sobre el mar y sacude la copa de los árboles, las nubes se reacomodan en el techo gris, y las olas espumosas elevan su protesta furibunda.

Otra vez la noche llegará con el telón cerrado en el teatro sideral, sin brillos titilantes y lejanos.

Sobre la ira blanca del mar cabalga Neptuno, y se doblan vencidas las ramas en la espesura.

Llovizna y viento, desde el horizonte hasta mi rostro frío.

La gente se abriga, se reúne frente a la estufa, y mira en la ventana, la atmosférica locura.

 

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Porque nada importa y todo es el simple devenir de cosas que no comprendes ni te motivan, porque no elegiste a tu familia ni circunstancia, porque no hay sentido para escucharme si seguramente diré cosas aburridas e inútiles.

Porque el mundo es como es y de tu lado, desde el ángulo que te tocó en suerte, la injusticia es el paisaje cotidiano.

Los adultos piensan en épocas ya caducas y tú, tal vez sólo por ser admitida en un grupo de amigos, por no sentirte excluida, o porque tanto da… has buscado refugio del lado que podías.

Te hablo de responsabilidades, trabajo, estudio, convivencia, respeto a las reglas… y te parece demasiado irreal y fastidioso.

Veo que pretendes molestarme y me llevas la contra, entonces te saludo cuando llegas y te hablo amigablemente, porque no me enojas… sólo me pones en alerta de la necesidad de ayudarte, de poner otras ideas a tu alcance, de prevenirte del final de ese camino en el que vas.

No creeré que eres mala aunque lo intentes.

Yo represento en clase la opinión que no te gusta, el límite que no tuviste, y a veces una cierta coherencia que no te hace sentir feliz de lo que haces.

Comprendo tu rebeldía, si no tienes en tu casa oídos para tus problemas e inquietudes, si has asumido responsabilidades que exceden a tu edad, si a veces estás cansada y con pocas ganas de seguir… y yo te pido que completes el cuaderno, como si eso fuera a mejorar tu momento.

No podré estar cerca para alejarte de peligros, y seguramente aprenderás a defenderte si lo crees necesario. Pero pasas, como un tablón en la corriente, sin propuesta de remar o tratar de llegar a nado hasta la orilla.

Y me miras, casi con desprecio, porque te hablo de caminos mejores y necesarios.

 

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Los libros tienen sólo palabras e imágenes, pero la clase es un teatro, un escenario dual, un puente permanente que nos conecta aún más allá del eje académico del día.

No es igual si no vienes.

En el aula tú puedes escucharme, y yo te escucho. Puedes verme y yo te veo. Puedes captar el mensaje de mis expresiones y mis gestos y yo puedo evaluar en tus ojos el impacto de mis palabras.

No es igual si no vienes.

En ese contacto directo de 40 minutos, puedo responderte, explicar de otra forma, y trasmitir bastante más que un frío concepto de palabras escritas.

Puedo saber si estás bien, si me atiendes, si comprendes, si te agobia alguna duda, si tienes un problema. No siempre puedo ayudar, pero lo intento.

En clase se establece un espacio de comunicación muy valioso, útil para mí, y para ti.

No es igual si no estás. No me importa la “falta” en la lista, ni el certificado o la justificación… me aflige que diré cosas que no escucharás, que podrías hacer aportes que no recibiré, que tendrás que quedarte con la adusta versión del tema en las páginas de un libro.

El Liceo es el conjunto de todas las clases y sin aulas funcionando, no hay liceo. Creo que son positivas todas las actividades extracurriculares que te incentiven, que te agreguen vivencias, complementos, experiencia directa de gestión y organización. Pero lo extra es “además de”, y no “en lugar de” la clase de cada asignatura.

Digan lo que digan directores u otros profesores, no es igual si no estás.

Aunque hoy no lo entiendas y me creas injusto, aunque tengas indudables méritos como estudiante y como persona, aunque nuestras escalas sean distintas… Una cosa es si asistes, y otra si estás en otro lado.

 

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Nostalgias… viven conmigo, son ladrillos de mi identidad. Recuerdos que me llenan el alma cada vez que hace falta, añoranzas de momentos lindos que el tiempo se llevó.

¡Tantas cosas! Las personas que me marcaron con más fuerza, los lugares a los que no he regresado, aquella bicicleta, el patio del colegio, los campitos de fútbol, el árbol de navidad, algunas canciones, los vecinos de mi infancia… La lista es interminable.

Un video que comienza sin aviso en la pantalla de mis ojos, y se enfoca en épocas, en escenarios de mi vida. Un fuego sentimental que me entibia el alma, un motivo frecuente para la sonrisa, una lágrima por las sillas vacías en la reunión de familia.

¡Qué me hablan de una noche de nostalgias…! …Si ellas me acompañan todo el día, y son mi gran riqueza.

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“Yo voy a volver siempre a conversar con usted”, me dijo, con los ojos brillantes y clara convicción. Le dije que estaría esperando, pero que soy consciente de que la vida sigue y le aguardan nuevos desafíos, otros compromisos, y se le hará difícil. “Me gustará mucho que vengas y volver a verte cuando quieras”.

Es la historia de casi 35 años. Las buenas intenciones son verdaderas, pero la agenda de los exalumnos suele ser complicada y muy pocos vienen de visita cuando pasan los años. A algunos los veo de tanto en tanto en los cruces del camino, y aunque me demuestran su cariño, la relación ya no es tan próxima como en aquella etapa adolescente- Otros me saludan casi indiferentes, porque no supe entrar en sus corazones.

“Yo sí vendré” subrayó. “Ya lo verá”. Suele ser así, alguna breve visita al año siguiente como para regresar a los momentos vividos… Una, dos, y hasta tres veces. Muchos son mis amigos en redes sociales y tenemos alguna charla ocasional.

Ocurre lo que debe ocurrir, se pierden en complicados horarios y en estudios terciarios, lejos también físicamente, o los absorbe una pareja, un trabajo, otras cosas.

No hay reclamos. Espero haber cumplido con mi misión y he disfrutado mucho por intervenir durante unos meses, en una etapa importante de sus vidas. Sí, me encariñé con ellos… pero el tiempo no se debe detener.

 

 

 

 

 

No sé si existe persona a la que le guste estudiar por estudiar. Creo que lo lindo es aprender, saciar alguna curiosidad, progresar, mejorar las expectativas, cumplir con un deber, sentirse bien consigo mismo. Siempre habrá cosas más atractivas para el momento, pero no tan gratificantes al otro día.

Cuando planteamos que los jóvenes estudian cada vez menos, olvidamos que los verdaderos culpables somos quienes les exigimos cada vez menos. El límite de menos es cero. El Mundo cambia, de nuestra mano. Los lectores con algunos años (yo tengo 55) recordarán profesores que mandaban estudiar temas bastante largos. En aquella época no había fotocopiadoras ni impresoras, y la Biblioteca Pública de mi pueblo aún no existía. De enciclopedias bastante generales y algunos libros de texto que prestaban en el Liceo, armábamos los temas, y los que como yo no se mataban estudiando, por lo menos leíamos algunas veces el resumen para no ir en blanco a la clase. No estaba en la mente de nadie pasar menos de dos horas en un día sin complicaciones, abocado la tarea. Si había escrito eran muchas horas, y algunos (para mí exagerados) pasaban la noche leyendo junto a un termo lleno de café.

¿Qué pasó desde aquella época hasta hoy? ¿Que aparecieron otras tentaciones, otros divertidos pasatiempos? Puede ser… Pero lo más importante es que vamos bajando la exigencia. Antes había buenos profesores y otros que dominaban su especialidad pero no eran profesionales de la educación, sino voluntarios enseñadores. Nosotros los estudiantes coparticipábamos del proceso enseñanza-aprendizaje, y poníamos todo de nosotros para interpretar al docente o aprender pese a todo. Hoy hemos permitido que los educandos esperen pasivos el esfuerzo de quien debe enseñarlos.

Es como si antes debiéramos ir 10 km por camino escarpado y con una mochila de 20 kg, buscando formas de avanzar. Poco a poco fuimos acortando la distancia, aplanando el recorrido, alivianando la mochila… y ellos ya no quieren caminar cien metros sino esperan inmutables que los carguemos a la espalda y los traslademos.

Es indiscutible que el precio se paga en estudios superiores, cuando de verdad deban comenzar a dedicar horas a la lectura y la ejercitación.

Muchos tras el golpe, quizás encuentren el camino y alcancen el objetivo. El riesgo es que otros tal vez caigan en el desánimo, y dejen el curso.

A los mayores, que lo pensemos bien. A los menores, a los que festejan cuando falta el profesor o buscan temas para distraerlo, piensen que eso no les hará un bien. Rebélense contra el facilismo y exijan la mejor preparación (si no lo hacen, no pasará mucho para que entiendan lo que escribo) y permítanme repetir lo del comienzo:

“No sé si existe persona a la que le guste estudiar por estudiar. Creo que lo lindo es aprender, saciar alguna curiosidad, progresar, mejorar las expectativas, cumplir con un deber, sentirse bien consigo mismo. Siempre habrá cosas más atractivas para el momento, pero no tan gratificantes al otro día”.

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Cuando por los ojos de una jovencita brotan ríos de pena, cuando la sonrisa no regresa, cuando el alma estrujada siente que todo sale mal.

Cuando un jovencito vive por inercia y nada lo motiva, cuando los adolescentes se enojan o se ofenden; cuando se equivocan pero mantienen su discurso, cuando se enamoran y chocan con barreras de censura, o no son correspondidos.

Si no les importa superarse y viven cada día sin planificar el siguiente, si sus propias inseguridades los exponen a líderes negativos y a conductas inapropiadas, si a veces el mal y el bien tienen límites difusos.

Al ver que pierden el tiempo sin tino, o están al borde del precipicio.

Cuando es notorio que sufren falta de cariño, carecen de modelos cuyo ejemplo seguir, o integran una sociedad que no valora el éxito sino el fracaso…

Si soportan que no se les reconozca méritos pero sí las culpas,  sienten que nadie les comprende, y desean ser mayores pero sin dejar de ser mimados como niños.

Cuando sus seres queridos se comportan de modo incomprensible, o no parecen interesarse en sus inquietudes y problemas.

Cuando creen estar entre murallas infranqueables y claman por un rumbo positivo.

En todos esos casos, recuerdo que tengo una misión.

Trato de proponer un cambio de perspectiva, explicar las otras posiciones, mostrar que las personas bien intencionadas a veces se equivocan… o hacer ver los errores propios.

Mi caja de primeros auxilios tiene pocas cosas: alguna sonrisa amigable, miradas comprensivas, eventuales abrazos, límites sensatos, palabras y silencios elocuentes. Pero es con empatía y comprensión, que a veces logro aliviar la herida.

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Castígame el viento en la cara, frente al Río de la Plata y la Cruz del Sur. Vuela la arena fina  por la playa oscura, y la noche se adueña del paisaje… Sólo rugen las olas un susurro grave, y las tinieblas me invitan con su copa de miedo.

Los recuerdos corren por la playa y reposan en las rocas, donde la pesca, pero no está el Sol ni los actores. El arroyito que corría entre médanos para afluir al mar, la resaca de maderitas y juncos, las cáscaras de mejillones, caracoles, y un laguito más allá, con pequeños peces.

El viento se llevó las hojas del almanaque y me dejó sólo las nítidas vivencias de mi edad temprana.

En alguna dimensión están mis huellas desde Punta Negra a Punta Colorada, las carreteras marcadas para camioncitos que yo remolcaba, los arcos de mi canchita de fútbol, o el rectángulo de tenis que dibujábamos con mi hermana. El bolso de mi madre con la merienda y la radio encendida sobre la arena, en aquellas tardes de domingo en familia.

Insiste el viento, pero yo voy pateando una pelota por la pendiente de pasto ralo hasta la explanada conde quedaba la camioneta, cansado de tanto correr.

Hoy una ruta invasora ha dividido algo más que la orilla y aquellos caminos poco firmes, ha partido al medio la afable soledad que reinaba en el entorno, ha puesto ruido de motores a la paz e intimidad de antaño.

La noche aporta negruras, frente al mar y las estrellas… Pero la imagen no se diluye entre sombras ni entre épocas.

MI padre esperaba “el pique” caña en mano, y sus ojos se perdían también en la inmensidad del mar y el injusto calendario. No sé si la pesca era un deporte o la conexión con un mundo allende el horizonte y el presente.

No hay dudas, sigo siendo aquel niño, apenas me busco bajo la piel cambiada. Algunas cosas no vencen, como el aire fresco en la cara, aquí, frente al Río de la Plata y la Cruz del Sur.

 

 

 

Pido

Viajar la noche por las estrellas y no llegar despierto al día.

Caminar por el desierto oscuro del universo con la sed interminable de la ignorancia.

Soñar con verdes oasis en la ruta incierta y vacía,  hasta bañarme de eternidad en sus lagunas maravillosas.

Navegar los mares del espacio profundo, en pos de islas ignotas pero posibles.

Entender la luz y el infinito, debatir las leyes físicas, defender teorías, desconfiar de verdades impuestas, renegar de la soledad y la existencia en exclusiva, develar misterios del cosmos como el arqueólogo de nuestros antepasados.

Aceptar que no soy una presencia entre los astros, sino parte de su esencia.

Convencer a mis congéneres de la pequeñez y brevedad de sus disputas y ambiciones, de las miserias del alma, de la inmensidad del amor y la buena voluntad.

Y disfrutar este casual conjunto de partículas que me dan una fugaz identidad de semifusa en el concierto sinfónico de Dios.

 

 

 

 

 

La tinta corre como un río por la llanura del papel, y lleva sus saberes a los puertos de cada generación.

Circula por las venas del poeta y desemboca en el alma de cada lector.

Tinta de los diarios, de los libros, las revistas, los apuntes del estudiante…

Tinta virtual de estas letras digitales que escribo.

Motor verdadero del progreso, testigo de la memoria, ladrillo del puente de la comunicación.

La tinta tiene el destino de la ruta que me lleva por los pueblos, el color de las palabras, la altura de las montañas, la profundidad del espacio, la oscuridad de la noche y la luz del día… Es una ventana que me asoma a otras realidades, o hasta a la mía…

…Pero su mayor tesoro es aquello que aún no se ha escrito, el fruto de una genial inspiración que no ha despertado, las historias nuevas, los conocimientos inalcanzados, los mensajes futuros.

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Escribir una carta, recitar un poema, decir palabras lindas… Tomar una foto con arte, silbar una melodía, galopar por una senda al costado de la ruta, mirar la Luna, soñar veleros más allá del horizonte.

Ver a contraluz una silueta femenina, cabellera al viento, por la playa… pensar en mundos habitados entre las titilantes luces de la noche, buscar formas en las nubes, inventar historias coloridas…

Escuchar el silencio en el arroyo detrás de los trinos y la música del agua, buscar caminos entre los cerros, conducir un auto deportivo, o disfrutar el “dolce far niente” en la butaca reclinada del avión.

Escuchar la lluvia bajo un techo de zinc, salir a caminar por el jardín de los recuerdos y volver a vivir mis mejores momentos.

Admirar la obra de Dios y sentirme un átomo del Universo, agradecido por la oportunidad y consciente de la finitud del tiempo disponible.

Dejarme hundir en la ilusión.

Después, sólo después, entraré de nuevo en la rutina, feliz de no llegar a la meta todavía.

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Es un gran teatro con más de veinte actores y un solo espectador. Es una vitrina en el museo del temperamento, un paseo por los más cambiantes genios, un catálogo de enfados y sonrisas.

Es un conjunto de elementos tan distintos, que no se asemejan a sí mismos en dos instantes sucesivos.

Es un mar de imprevisibles olas, un valle silencioso, una selva impenetrable y un jardín de naciente primavera... todo al mismo tiempo, mutante, alterno, ondulante… y muy disfrutable.

Está la que hoy sonríe feliz, radiante, y la que volvió del recreo contrariada. El jovencito que se oculta detrás del compañero y la que no puede permanecer callada, el que se duerme tratando de interpretar lo que escucha, y la que, soñadora, mira el azul más allá de la ventana.

Está aquella que se esconde inmóvil para que no le pregunten por los deberes y la que reclama que le corrijan sus tareas, porque para algo las hizo.

Algunas miradas cruzan el aire como mudas bengalas, de pupila a pupila.

Yo los miro y aprendo, los estudio y los conozco a veces más que sus padres… por lo menos en ciertas conductas, pero me enorgullece cuando los veo atentos a mis palabras, y un unánime clamor me pide con los ojos que no retarde la explicación de ese fenómeno que les contaba.

La clase no es un trabajo, no debe serlo. Un trabajo consiste en ciertas obligaciones a cumplir y los derechos que se generan. La clase es un apostolado, un compromiso total y más allá de un programa de asignatura, de un sueldo o de un eventual estado de ánimo del docente.

La clase es mi piel y no puedo salirme de ella, es el mundo en el que estoy, ese microclima que me incluye, esa tierra que trato de sembrar… La savia joven que irrumpe por mis venas.

El aula me atrapa en la combinación de sentimientos, paternal afecto, comprensión, y aunque sienta que mis ojos van de la risa al llanto, nada del universo importa más durante los cuarenta minutos de empatía. Cuando el timbre amenaza con bajar el telón, mis retinas atesoran los rostros, el alma quisiera desbordar cariño, y una modesta esperanza me alimenta: que alguna semilla de las que siembro, germine en sus edenes.

Antes de que todos salgan del salón, otro grupo espera ya a la puerta, ansioso. No soy el de hace pocos minutos, sin uno nuevo navegante que abre sus sensores al próximo mar humano de la ruta.

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Yo quería ser importante, ocupar un lugar de privilegio ante un grupo de jóvenes, demostrar mis conocimientos, aplicar mis aptitudes para el mando.

Me sentí feliz por los resultados, y al rato frustrado. Tuve que controlar mis enojos y medir mis palabras y tono de las expresiones. Me sentí de a poco un compañero de los estudiantes más que un jefe, y fui trasladando mi posición hacia un liderazgo. Comencé a sentir afecto por aquellos jovencitos con los que charlaba animadamente, sin dejar de cumplir mis obligaciones con el programa de la asignatura. Sentí la necesidad de preparar muy bien mis clases… estudiar el tema en profundidad, pensar las estrategias para enseñarlo y elegir los recursos didácticos. Me equivoqué muchas veces pero tuve algunos aciertos. Los rostros comenzaron a sucederse demasiado de prisa, mientras yo trasmitía lo que podía y seguía sintiendo cariño por las personas que trataba en el aula. Un hermano mayor, un amigo, algo que no sé describir pero que fue ocupando mi vida. Ese instante educador-educando fue llenando mis horas y mis días y fue refugio muchas veces de los problemas que el Mundo exterior me preparaba.

Ellos me enseñaron la mayor parte de mis conocimientos, aprendí a ver a cada uno como un ser y sus circunstancias, a entender las miradas y hasta las actitudes, a leer mucho de ellos en sus rostros, a valorar mis potencialidades y mis carencias, y en base a ello, a buscar el camino más adecuado para lograr mis objetivos.

Los conocimientos han ido cambiando en tantos años, mis objetivos también. Ya no debo hacerme el malo para lograr respeto. Ya no necesito demostrar saberes ni marcar por fuerza mi lugar en el aula. Se ha tornado algo muy natural. Quizás me canso un poco más que antes, pero también disfruto cada vez más mis clases, las sonrisas, los modestos resultados, los pequeños aportes que pueda hacer en la vida de algunos. Y sigo aprendiendo porque la sociedad siempre tiene cosas para enseñar, porque todo cambia. Descubrí que no hay reglas rígidas que garanticen el éxito en mi trabajo, que no hay dos grupos iguales, que ni siquiera el mismo grupo es igual en diferentes momentos. Mi arte se apoya en la empatía, en interpretar la realidad y los momentos, en poder cambiar estados de ánimo y perspectivas, en contagiar entusiasmo. Frecuentemente me equivoco, pero no dejo que eso me venza, sino que trato de usar el error como un aprendizaje.

De hermano a padre, después abuelo… pero no son sentimientos tan distintos. Los rostros siguen pasando, ya son muchos miles… casi 35 años. El 1° de septiembre los cumpliré y volveré a tratar de convencer a las autoridades de que no me jubilen todavía… Pero la verdad es que no sé si el año próximo estaré en estas tareas. Me esfuerzo más en disfrutar cada momento, cada nueva amistad, cada oportunidad de ser quien soy, de hacer lo que me gusta hacer.

Y después… Después veré. Tengo muchos proyectos en espera.

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“…El surrealismo propone trasladar esas imágenes al mundo del arte por medio de una asociación mental libre, sin la intromisión censora de la conciencia”.

 

Si fuera pintor, trazaría líneas con el pincel y dejaría que los colores cubrieran sin reglas la tela. Pero yo escribo y en este momento, lo importante es decir lo que inspira el corazón, lo que dicta el alma, sin pasarlo por la censura del cerebro. Yo lo entiendo, he recibido siempre el mensaje y sé que las musas viven en lo más profundo de mí. Recuerdo de niño cuando escuchaba un dictado casi mágico y escribía sobre situaciones que no había siquiera imaginado.

Pero el mundo sigue en derredor y en las guerras, los niños mueren con una violencia injusta e irracional…

En estos casos descubro que el hombre es sólo un animal, con los mismos instintos que las fieras y alimañas, pero con un mayor desarrollo de la maldad. Entonces mata en pos de riquezas falsas, que ante la muerte son míseras, y contentan sólo ambiciones superficiales de la especie.

Mira la calle, los que corren al trabajo, y los que esperan oportunidad en las esquinas para sobrellevar el día sin esfuerzos ni pesares.

Yo aquí, en la pausa que da la noche, admirador del cielo que existe tras el techo y las paredes, pero sin necesidad de fríos exteriores a esta hora.

El día ha pasado como todos, buscando seguir la ruta de lo correcto, en la jungla imperfecta de este mundo. La noticia que me piden, la que me dan, y la que elijo, conforme a mis calibres de verdades.

La sonrisa que me mienten y la que me dan con ganas, la falsa amabilidad de algunos y la hosca sinceridad de otros. Las personas que me quieren, los que creo que me quieren, y los otros que no sé.

Sonará el despertador al alba, a la hora indicada, y comenzará la jornada. Quizás llueva mañana, o entibie el sol las horas invernales. Habrá rostros esperando en el aula y oídos ansiosos de palabras en la radio. Allí estaré, hasta que Dios lo permita, para cumplir mi compromiso, para disfrutarlo al máximo, para involucrarme en la tarea hasta los huesos. Porque mi bandera es ese mensaje que va más allá de lo que diga, más lejos que el lenguaje… en la radio o en el aula, los escenarios de mi vida.

 

 

 

 

 

Nada está obligado a ser siempre lo que es, porque los cambios son la constante inamovible.

El Universo no contiene vacíos, sino incertidumbre.

Lo que creemos que existe, es un conjunto de partículas tan pequeñas que sólo podemos evaluar al aplicar modelos. Los modelos son convenientes, quizás lógicos a la luz de los limitadísimos saberes, pero son esencialmente modelos.

No vemos todo lo que existe, sino sólo lo visible… una mínima parte. Nuestros sentidos obtienen restringida información del entorno, desde lo más grande hasta lo más pequeño, desde lo más distante hasta nosotros mismos. Todo se convierte en pequeños corchos flotando en un océano de ignorancia profunda.

Los científicos aplican fórmulas y deducen sobre el comportamiento estudiado de los objetos y los fenómenos. Las pruebas se refieren a la respuesta esperada a las preguntas, pero hay quizás más y mejores respuestas y no están hechas siquiera todas las preguntas.

Los historiadores interpretan supuestos hechos, mojones apenas en la ruta, rellenan a su criterio los puntos intermedios, y escriben con autoridad biografías diferentes para los mismos nombres.

Los escritores y pintores navegan en un cielo de fantasías y musas, sin tener que demostrar ni trazar fronteras entre falso, probable y verdadero.

Los filósofos admiten que nada saben, pero no pierden su entusiasmo detrás de las respuestas.

Es del hombre emitir juicios, tener creencias, concluir sobre observaciones, suponerse sabio, redactar leyes, tratar de imponer sus ideas.

Pero aún un paso más allá de la relatividad, nada más cierto que la incertidumbre.

 

 

 

 

 

No existe cámara de fotos, ni álbum, comparable a mi memoria. Las imágenes se ordenan de acuerdo al sentimiento que guardo para cada escena.

Algunas se han embellecido con los años, y aparecen con frecuencia en mi pantalla. Otras se han borrado, se han perdido piadosamente… Quién sabe en qué laberintos de la historia. Yo salgo a caminar por los pasillos de esa galería azul de los recuerdos, voy trepando la escalera de los años, y revivo las emociones más puras desde la infancia. ¡Son tantas! Las imágenes me atrapan en la íntima gran exposición. Cada una es un ícono que dispara un capítulo de mi vida. Están, lamentablemente, las que no quisiera ver, pero siempre aparecen como un castigo, como un látigo de culpas en mi espalda. Felizmente son más las otras, las que logran renovar ternuras, momentos maravillosos, melancolías cargadas de cariño, ausencias caras, instantes sin títulos magnánimos pero para mí muy importantes… pasajes tal vez cotidianos que dejaron su marca indeleble.

Salgo a recorrer las vitrinas de mis fotos vivas, y refuerzo mi identidad, mis raíces, los cimientos de esta etapa en la que crezco como hombre, dueño de riquezas que hacen poco necesarias a todas las demás.

 

 

 

 

 

Una pelota surca el aire rumbo al arco, y el tiempo se congela. ¿Llegará a la red y levantará gritos en la tribuna, frente a las pantallas y en la cancha desde el autor a sus compañeros? ¿Causará desazón en el arquero y la defensa que claudicaron ante la potencia y exactitud del remate?

¿Saldrá desviado y generará un suspiro prolongado en el estadio? ¿Será atrapado o desviado por algún rival?

En juego está la clasificación de un equipo, el éxito para meses de preparación, la cotización de jugadores que aspirarán a un futuro mejor… Y la alegría o tristeza de multitudes.

El balón viaja presto a la portería pero queda como un cuadro, inmóvil, y mantiene la expectativa de su destino. Los ojos fijos de cientos de miles de personas, la ansiedad del ejecutor, y el juez atento al desenlace, pronto para llevar el silbato a la boca.

El arquero tensa sus músculos y estima la trayectoria, para ensayar su acrobática oposición al gol.

Pero la esfera irisada queda suspendida en el aire, como una luminosa pintura con fondo de tribuna, de cielo, de sol, y hay mil respuestas para la pregunta, para la emoción… pero no se confirma ninguna.

 

 

 

“Tiene todo lo que necesita” dirá su madre, quizás, pero ella no tiene con quien hablar. Llega, me saluda cariñosa, y la veo sentarse en clase con la sonrisa tímida y dos gotas de rocío en las pupilas.

Un celular moderno, una mochila cara… pero poca luz para alumbrar el camino. A ella le gustaría contar algunas cosas, esperar opiniones de sus mayores, encontrar espejos en los que mirarse.

Los cuadernos de tapas más bonitas, coqueta cartuchera, pero ella quisiera ser contenida, recibir afecto, comprensión, certezas que combatan el insomnio.

Se sienta en primera fila y me pone en compromiso de una buena clase, divertida y con mensaje, que sé ella espera y valora.

Participa, pregunta, responde… creo que por algunos minutos encuentra un lugar amigable y un rol que le agrada.

Cuando suena el timbre suspira, se calza el abrigo… y la veo a la salida caminar por los pasillos, sin prisa de llegar a casa.

 

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Los triunfos y las derrotas son como la montaña: cuanto más lejos, más pequeños. El final de la competencia puede ser la gloria y mantenerse un tiempo en el recuerdo, pero la verdadera felicidad está en la carrera, en cada paso, en poder seguir, en tener fuerzas, en estar ilusionado, en levantarse con entusiasmo, en sentirse bien, en mirar el futuro con confianza… Tener el regocijo de los pasos dados y la esperanza de llegar a la meta alentado por los aplausos y fortalecido por los tropiezos.

Alberto Vaccaro

 

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Sueño que son reales los recuerdos, las imágenes retocadas en la memoria… que todos los amores existieron y que los pasos dados son mi historia.

Evoco el rumbo olvidado en un desvío, los versos escritos en un cuaderno, las miradas que ignoré, los besos que no quise y los que no me quisieron. Repaso las noches robadas a las estructuras, todas las esquinas en las que no me detuve, los sentimientos idealizados que no alcanzaron a existir, y el collar de cuentas con los eventos elegidos.

Vienen a mí los abrazos ocultos y prohibidos y aquellos latidos intensos que reprimí racionalmente. No me arrepiento de vivir ni de ser quien soy, y soy el cielo que toqué con mis manos y la escalera que no supe subir… Las fortunas que no me tentaron y aquellas poco materiales, que me trajeron hasta aquí.

 

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Muchas horas diarias me descubro pensando en el sistema educativo. ¿Por qué tienen los estudiantes tantos errores ortográficos? ¿Cuál es la causa de tantas dificultades de cálculo? ¿Cómo puede ser que no sepan las fechas patrias, ni las ciudades capitales de destacados países? ¿Está bien que lean tan poco, que todo lo resuelvan calculadora en mano, que pasen largas horas ante la computadora, que dediquen tan poco tiempo al estudio?

Aceptar los cambios… ¡depende cuáles! Ya no pretendo que se pongan de pie cuando ingresa a clase una persona mayor, que se dirijan con aquel respeto de antes hacia el prójimo, que estudien tres o cuatro horas por día como promedio.

Pediría por lo menos que todos los padres estuvieran de acuerdo y apoyaran a los docentes en el intento de evitar que los jovencitos tengan conductas desviadas, actitudes irreverentes, hábitos nocivos para su propio futuro.

Suelo pensar en esas cosas cuando descanso, cuando miro televisión, cuando salgo a pedalear por caminitos rurales. Termino repitiéndome que los modestos logros cotidianos son importantes y valen la pena, pero que estoy lejos de mis metas ideales.

Frecuentemente se me hace muy duro enterarme de algunas situaciones de adolescentes, a quienes me gustaría ver sanamente divertidos y entusiastamente apostando a su formación. La variedad de circunstancias sería un buen tema para un libro, aunque muy corrosivo para mi alma. Por ética profesional, debo mantener en secreto identidades y casos puntuales, y no dar siquiera pistas que permitan identificar a los protagonistas de terribles historias.

Pero convivimos con jovencitos de ambos sexos drogados, abusados sexualmente y de otras maneras, golpeados por familiares, mal alimentados… y hasta algunos que se encargan de criar a sus hermanos menores, hacerse cargo a veces de padres incapaces, trabajar y prostituirse para ayudar a mantener a sus seres queridos.

Compartimos un aula con personas que a edad temprana no se desviven por el estudio porque en realidad, esas horas son su único escape de una vida complicada y sacrificada. Afuera, tendrán que desvivirse por tener comida en su casa, porque su padre alcohólico no siga golpeando a su madre, por ayudar a una madre sola, sufrir por un padre preso, soportar que el padrastro intente un acercamiento sexual, o vivir la soledad de no poder hablar nunca sus mayores referentes, no tener a quien contarle un logro ni a quien trasladarle una duda…

Tal vez tengan el alma triste por no sentirse apoyados ni apreciados, o los valores que se cultivan en su ambiente no sean un incentivo para tratar de ser mejores.

Compartimos un segmento de la vida con quienes están enfermos o viven la enfermedad de familiares, con quienes no tienen esperanzas ni expectativas, y en cambio sienten miedo, el dolor de la injusticia o hasta rencores muy profundos.

Cuando repaso estas y otras realidades, durísimas muchas de ellas, relativizo los éxitos académicos. Felizmente algunos los obtienen, algunos tienen familias felices, son escuchados, guiados, contenidos.

Pero veo que los problemas ortográficos, de cálculo, o de conocimientos, forman parte de una sociedad que viene en crisis, y en la que nada es independiente del entorno.

Luego están los padres que vienen a pelear por la nota de sus hijos, no por sus progresos. Aquellos que, separados, compiten por hacer las mayores concesiones… Y también existen los que nunca aparecen.

Entonces entro al aula y hago un “paneo” visual por los rostros. ¿Qué ingredientes se mezclan en una carita triste, en una mirada rebelde, en un gesto despectivo, en una postura indiferente…?

Peor sería si no estuvieran aquí, y si algunos de nosotros no intentáramos aunque más no sea, una minúscula ayuda.

 

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Le pregunté si había entregado alguna tarea, desde el comienzo de las clases hasta hoy… Respondió que no, encogió los hombros, y me miró, como buscando en mí la respuesta. Yo buscaba la respuesta en él, trataba de ingeniarme para hacerle ver la importancia de tomar el comando de su propia vida… Pero creo que la razón de todo está mucho más allá de lo que veo. Y lo que veo es duro: un jovencito tiene los auriculares colocados y la música tan fuerte que puede escucharse desde mi posición, unos diez metros al frente de la clase. Una chica frunce el ceño enojada con algo que pasó antes y afuera. Otra, totalmente ausente, teclea mensajes en su celular detrás del monedero y la luz de la pantalla se le refleja en el rostro. Afuera es noche, hace frío y la trama urbana es una selva indescifrable. Ellos están acá, conmigo, en el aula, y eso dice que no está todo perdido. Existe por lo menos una actitud positiva de asistir al Liceo, quizás por la asignación familiar, quizás por estar contenidos en algún lugar… Quisiera que todos estuvieran en clase convencidos del beneficio que implica el estudio para su futuro.

No es así, lamentablemente. Ellos me aceptan, festejan si hago un planteo divertido, y reciben naturalmente mi cariño. Creo que ese es el mensaje que ellos más perciben, el de alguien que les habla con vocación de amistad, con respeto, y los incluye. Pero de allí a convencerlos de estudiar, de cumplir tareas, de por lo menos presentar algún apunte… bastante lejos.

En el grupo están también las excepciones, los estudiantes responsables, de cuadernos prolijos y completos. Pero sigo pensando en quienes no apuestan a superarse, en aquellos que atraviesan situaciones muy complicadas en su entorno y no han podido desarrollar otras ilusiones que sobrellevar lo que les toca cada día.

Sé que muchos sufren privaciones importantes en lo económico, pero más les duelen otras carencias… Entonces, estar allí es un alivio de unas horas. Aquellos que charlan y bromean, tal vez no se burlan de los docentes, sino de las estructuras poco promisorias, poco confiables de su mundo.

Estoy seguro que si pregunto a varios de los presentes “¿Qué estoy diciendo?” no lo sabrán, Sus miradas inexpresivas me anuncian que su atención está lejos de mis palabras.

A veces entiendo a profesores que se deprimen. No es mi caso, yo busco entre tanto estrategias para mejorar el resultado y tengo muy claro que sí vale la pena. Un poquito es infinitamente más que nada, y aunque los logros no se parezcan a los planes, siempre serán un paso adelante. La alternativa es ser testigo de los hechos y culpable por inacción. No cejaré en el esfuerzo, les daré afecto, aprovecharé a contagiarles valores, les aconsejaré luchar por ventura, y no me contentaré con los magros resultados… Pero valoraré mejorar, aunque más no sea levemente, la vida de estos muchachitos.

 

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Pobres los habitantes del submundo de la “viveza”, los que apuestan sólo a trasgredir, a la burla, a aprovechar las migajas que puedan quitar a los demás. Los que prefieren comprar barato y robado antes que legal y al precio justo, los que manejan su moto como en el circo, pero más cerca del payaso que del acróbata.

Pobres los que no aprovechan su tiempo para estudiar y mejorar las perspectivas del futuro, y se conforman con fugaces y vacíos momentos de ocio y de vicio. Los que prefieren vivir al borde de la necesidad, pero sin trabajar. Los que quieren tener lo mismo que el que madruga y se esfuerza muchas horas, pero sin pasar por esa “tortura” del empleo.

Pobres los que se miran al espejo y no se conocen, los que no pueden hablar ni pensar bien de sí mismos, los que nunca encontraron una bandera para luchar con dignidad por su propia vida, los que saben que no son mejores porque simplemente no quieren o no tienen suficiente voluntad para lograrlo.

Valiente no es el que levanta la moto en una rueda, ni el que se anima a probar cualquier droga, ni el que se atreve con todo el alcohol que quede a su mano. Valiente es el que sabe mirar por los demás, el que despierta cada día con vocación de procurar de nuevo la oportunidad de salir adelante, y sacar adelante a los suyos.

Pobres los que desprecian el conocimiento y la capacitación, y gastan su tiempo en esconderse, alejarse de la Ley y de la ética, y pensar cómo timar al prójimo.

¡Pobres! Porque el final no suele ser bueno, porque después arrepentirse no alcanza. Porque el porvenir probable es una cárcel, un siquiátrico o un cementerio prematuro.

Pobres los prepotentes, los vanidosos, los necios, los que no saben escuchar ni ven el lado más valioso de los hechos y las cosas.

Pobres los que se rodean de maleantes, de personas sin códigos… Los que no alcanzan a valorar la amistad, el amor, la solidaridad, el compromiso con una causa justa. Pobres, no son tantos, pero andan por todos lados, rumbos cortos y poco prometedores.

 

 

 

 

Un día el Rey se miró al espejo y no se vio la corona… se vio el rostro más viejo y el cabello canoso. “¿Quién soy?” se dijo… y se quedó callado. Estaba ante su estampa, en un lugar heredado, para el que no había hecho méritos personales. ¿Qué logros había en su camino, qué conquistas? ¿Alguna persona de su entorno lo apreciaba de verdad, por lo que generaba su presencia, o alababan al Rey por ser el Rey?

¿Son de verdad esas riquezas que no tiene libertad para disfrutar? ¿Realmente contenta a su ego, el poder del Trono? ¿Está su alma satisfecha de sí misma? ¿Tiene motivos para estar feliz con su vida?

Se miró a los ojos y se vio cansado… Se vio vacío. Atesora una corona que dejará en legado, pero que ostenta por cuestión de sangre, y no por voluntad del pueblo.

Él no tiene la culpa de las tradiciones ni de su abolengo, ni pidió nacer de la familia real… pero no puede evitar estos pensamientos que han llegado como un viento frío sobre las hojas del otoño.

No pudo elegir sus desafíos, ni su profesión, y el amor del Pueblo puede no ser sincero. Quizá hubiera sido maestro o leñador, médico o abogado, hubiera jugado al fútbol en un campito del barrio y retornado embarrado a su casa. Tal vez habría tenido amigos de juegos y travesuras, alguna novia adolescente para llenar de ternura sus recuerdos.

Pero la vida lo puso en ese rol que ya no entiende, en obligaciones y responsabilidades exageradamente fuertes, en una isla que lo aleja de las más humanas costumbres.

El Rey se miró en el espejo y no supo de qué lado estaba, no entendió cuál es la sustancia que separa a la realidad de las apariencias, hasta dónde llegaban sus riquezas… y se sintió pobre, muy pobre y carenciado de las cosas simples y gratificantes de la vida cotidiana de la gente.

Hombre al fin, de uno o de otro lado del espejo, capaz de llorar… El Rey se quedó callado, y decidió cumplir con lo que de él se espera.

Alberto Vaccaro

 

 

 

Nada está perdido… lo perdemos cuando ante la amenaza más débil, nos damos por vencidos. Lo perdemos cada día cuando damos por sentado que cualquier esfuerzo sería vano, que todo logro es imposible. Nos vence el pesimismo y la queja, la inacción, la convicción de la derrota.

Pero en verdad nada está perdido. Siempre habrá una estrategia para llegar al objetivo. Puede pasar que nos equivoquemos, o simplemente que no encontremos la salida… pero es sólo cuando nos damos por vencidos, que lo estamos.

Refuerzo el concepto, porque me siento feliz con mi trabajo. La gente me pregunta: “¿Cómo vas en el Liceo? Porque los chicos están muy difíciles”. Sí, es difícil. Siempre lo fue. La adolescencia no surgió por estos años y es una edad de problemas internos, de desequilibrios, de inestabilidad, de inseguridades. El Mundo es lo que hemos permitido que sea.

Ellos están aquí hoy, en las fluctuaciones de la familia, en la influencia de la televisión y de Internet, en la plena decadencia de los valores en su entorno, en las dudas que nosotros les sembramos cuando juzgamos que no se puede.

Se preguntan si vale la pena, si existe alguien en quien confiar, si el futuro es algo más que una palabra poco auspiciosa.

Pero estoy feliz con mi trabajo.

Disfruto las pequeñas conquistas: una sonrisa, un saludo amistoso, la casi unanimidad en el cumplimiento de las tareas, una charla sobre cosas de la vida después de la clase.

A veces los escucho decir como propios conceptos que algunos días antes les trasmití. Feliz por los que me reciben y por los que me acompañan, por las miradas atentas e interesadas, por un voto de confianza que leo en sus rostros.

Hay desafíos y la lucha nunca está ganada… hay que sembrar y esperar pocos resultados inmediatos. Pero vale la pena. Suelo imaginarme en su lugar, trato de entender la realidad de cada uno, pero cando no encuentro la manera… recurro a reforzar lo del principio: dar cariño, demostrar buenas intenciones, predicar con el ejemplo, hacerles ver que de verdad me importan.

Y nada está perdido.

 

 

 

 

La noche llora sobre el zinc, su música triste sin estrellas, su piano monocorde en la ventana, y un techo gris de nubes se despliega sobre las luces citadinas.

La jovencita se acercó y me dijo “Adiós… No lo veo más”. – ¿Por qué, qué pasó? - Pregunté. “Debo mudarme a otra ciudad, hubo un problema, y me iré a vivir con mi hermana”.

No hago preguntas en estos casos… escucho lo que me cuentan, y en la expresión del rostro comprendo todo lo que hace falta saber.

Te digo Adiós provisorio, porque nunca se sabe. Te digo hasta pronto, Dios quiera que las cosas cambien y puedas regresar.

Pero no advertí en su mirada que tuviera en cuenta esa posibilidad. Tendrá que concurrir a otro liceo, sin los compañeros de tantos años. El desafío será un medio quizás distinto, otras personas, y no perderse en los caminos sin señal. El desafío será subsistir pese a la confusión del momento, al desarraigo, a un sentimiento de injusticia, a un dolor marcado en el alma.

“Ojalá regreses” –dije- pero ella no respondió, y se fue, segura de que no nos veríamos en la próxima clase, ni en las siguientes. Apenas la conozco, han pasado doce o trece clases… pero la situación trae a mi memoria muchas historias parecidas. No tendría que ocurrir. Es muy triste que un adolescente pase por esas circunstancias.

Y escucho a la noche susurrar melancolías, sollozante, con los vidrios empañados por la lluvia y en los charcos el brillo desigual de los faroles.

 

 

 

La clave es aquella estrella… ¿la ves? Es sólo un punto de referencia en el firmamento. Nada más… una dirección para que se encuentren nuestras miradas, estemos donde estemos. Yo la veré, y pensaré que tú también te fijas en ella.

Una distante isla en el vacío de la noche verdadera, un infinitésimo del cosmos, un sitio para que viva la ilusión compartida, más allá de las leyes terrenas, de los preceptos éticos, de las alianzas humanas.

Sin quieres, llegarás a ella navegando en su luz. Sabrás que el mismo viento empuja a mi velero.

La puerta está en aquel astro titilante, inalcanzable para la culpa, y no habrá pecados carnales ni citas indiscretas… no habrá remordimientos ni necesidad de explicaciones… sólo un íntimo y cómplice suspiro que destruye la soledad, una flama minúscula en guerra desigual con las tinieblas.

El resumen es aquella estrella… ¿la reconoces? Puebla distancias y tiempos con sus adioses y guiñadas, muy allá, pero tan acá como la convergencia de mutuas simpatías, que no avergüenzan, que no obligan, que no exigen nada.

 

 

 

 

 

Allende el árbol las estrellas… ¡parece tan pequeño mi planeta! La inmensidad aturde en la bóveda sideral.

¿Qué será de los niños con hambre, de las personas con frío? La noche me lleva lejos entre brillos, pero en mi mismo suelo cósmico sufren enfermos y presos, suda el obrero en la gruta oscura de la mina, llora alguien por amor, por incomprensión, por injusticias. Se lamenta quien apenas sobrevive con su sueldo, mientras otros dilapidan en las galerías. Quizás penas pasajeras de adolescentes, son tormento atroz en un instante.

Allende el árbol las estrellas, y ante el todo, parece nada esta roca esférica que habitamos. Mientras dejo viajar mi alma con mis ojos, alguien muere en una guerra, los delitos no cesan, y por qué no, la dicha llena breves momentos de millones de humanos.

No podré curar, aliviar, ni siquiera orientar a todos quienes lo necesitan esta noche. Sólo podré flotar en el espacio esencial que me rodea, disfrutar las formas insinuadas en el cielo, sus parpadeos, y dormir… para estar bien mañana.

 

 

“¿Viniste a la Observación el otro día?” - Pregunté a una alumna. “Sí, vine. ¿No se acuerda? Usted me dio un abrazo.”

“Ah… sí!” dije. Y comencé la clase. De pronto aquel gesto paternal, o fraterno, había sido importante para ella… Nunca se sabe con exactitud qué cosas pasan a un adolescente, qué grado de afecto recibe de sus mayores, qué entornos tiene su vida, en cuántas personas puede confiar. A menudo dedico tiempo a escucharlos, si ellos me quieren hablar, o a responder sus preguntas cuando me las hacen. No dudo en darle la mano a todos los que llegan, uno a uno, pongo mis brazos en sus hombros, algunos me dan un beso. Me gusta sentirme así una buena influencia en sus vidas, hacer algo positivo más allá del aula. Eso no erosiona el respeto al profesor, sino todo lo contrario. Además, me permite confirmar una y otra vez que hay, sin duda, muchos cambios en la conducta de los jóvenes con el paso de las generaciones, pero no pierden las condiciones que los definen como adolescentes: su inseguridad, necesidad de cariño y comprensión, límites, guías… y mantienen una muy limpia y fresca capacidad de emocionarse.

Y transcurrió la clase, se escuchó el timbre. Cuando se iban, y varios extendían su mano para el saludo, la jovencita se me acercó en medio de la multitud, y la abracé de nuevo.

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El “Ronco” Perdomo.

He aprendido cosas por aquí y por allá, cambiando escenarios y enfrentando desafíos. No creo ser autodidacta, sino atento estudiante de las enseñanzas que la vida da. Muchas personas han sido una influencia importante en mi vida, me han marcado camino, me han permitido aprender.

Hubo un hombre que me enseñó el peso del buen ejemplo. En mi temprana adolescencia quise ser alumno del Liceo Militar y así fue: 1973, tercer año de secundaria, 14 años de edad. Avenida Garibaldi con fondos a Boulevard Artigas y decenas de compañeros entre la clase, la Sección, la Compañía, el equipo de fútbol, y varios oficiales del ejército que ejercían el control interno, brindaban instrucción militar, y algunos eran además profesores.

El Jefe de la Sección era el entonces Teniente Segundo Perdomo, apodado “el Ronco”.

Me llamaba la atención su respeto al subalterno, su trato correcto en todo momento sin dejar de ser firme y exigente, pero más que nada, la justicia de sus acciones. Si controlaba zapatos lustrados, los suyos servían para peinarse. Si exigía orden, era muy ordenado. No debía imponer respeto, porque su sola presencia lo lograba naturalmente y sin gritos. Si ordenaba un arresto, era aceptado por la claridad del concepto que la sanción trasmitía, y por su exacta justicia. Con él aprendí que de nada vale una orden que no se comprende, un respeto obligado, una palabra que no esté respaldada por el ejemplo. Fueron dos años en el Liceo Militar General Artigas, y después la Escuela de Oficiales del Ejército en Toledo (Canelones). Curiosamente, Perdomo resultó trasladado a esa Escuela y fue también mi jefe directo. Un día descubrí que de la vida militar me gustaban muchas cosas como la disciplina, el orden, el uniforme, los deportes, los desfiles… pero que había otras cosas no compartidas, como la arbitrariedad que algunos superiores cometían por no administrar su autoridad con equilibrio y claridad… Entonces pedí la baja y comencé una vida civil de la que estoy muy satisfecho. No obstante, sería necio negar lo importante que fueron para mí esos tres años de estudio como un desafío personal, una escuela de valerse por sí mismo, por la capacidad de adaptarme a las situaciones más extremas, y por entender que el presente es estar en un punto, que reprocharse cómo se llegó allí sirve de poco, sino que el éxito en seguir adelante depende de las decisiones y actitudes que desde allí se tomen.

Se aprende de los buenos ejemplos y de los malos. De los buenos se eligen formas de actuar, y de los malos, formas de no hacerlo.

Cada profesor de mis estudios, conferencistas, me enseñaron qué hacer y qué no hacer. Los resultados hacen el resto, la autocrítica, la exigencia personal.

Pero cuando busco buenos ejemplos, y aclaro que hubo muchos, regresa al primer plano la admiración por “el Ronco” Perdomo.

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El verano muere, se agota… pronto será el imperio del otoño. Ya espero con ansiedad los amarillos, las hojas caducas columpiándose en el viento, hasta aterrizar como un colchón sobre el césped, en el claro del bosque.

Será otoño y ya disfruto, desde hace días, la sonrisa y los ojos de mis alumnos, sus preguntas, sus emociones limpias, el escenario de la clase.

Otoño de mañanas bañadas de rocío, y noches más largas. Allende el ecuador, remontan barriletes y brotan flores en canteros y jardines.

Me gusta el parque, las sombras largas de pequeños tallos, el silencio musical de los árboles, el color distinto del paisaje. Si me dieran a elegir una única estación para el tren de mi vida, escogería el otoño. Las noches frescas y los días menos agobiantes, los caminitos para pasear en bicicleta, y Orión, esa maravillosa constelación, aproximándose al occidente con el esplendor de sus estrellas. Las Pléyades y el Ojo del Toro, los canes, la liebre… La humedad le da tonos especiales al temblor de cada punto luminoso del cielo.

Comenzará el otoño, desde Aries hasta Cáncer, con la mecánica usual del sol al cruzar el meridiano, o en el naciente y en el poniente. Alguna tibieza se alojará en mi alma, y si desborda, se volcará como letras sobre el cuaderno.

Será otoño. Viviré con especial interés sus encantos, beberé su poesía desde el entorno, le sonreiré al Sol en decadencia, y seré, más que nunca, quien soy.

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¡Hola! ¿Alguien me escucha? Quiero gritar y llegar con mi voz a las estrellas, llenar el universo. ¡Estoy aquí! Busco presencias como la mía en el Cosmos, en el negro espacio que me llega por la noche, en el enjambre de brillos, en el verbo irregular de las distancias.

Las puertas del Universo están abiertas, y yo me paro frente a ellas, en el umbral del infinito. Las teorías intentan llegar donde el conocimiento no ha llegado. Mi mirada busca un lugar donde posarse, pero aún en la multitud exuberante no me siento extraño, sino en casa.

Quiero gritar “¡Estoy acá!” y que mi voz se amplifique para llegar a los planetas de todas las estrellas.

Me da un poco de miedo lo desconocido, pero pienso en paraísos templados y hermosas mujeres alienígenas, sociedades pacíficas y sin delitos, y una gran diversidad capaz de coexistir en la cápsula del tiempo y del espacio que todos habitamos.

(Aunque quizás… será mejor que no me entere y mantenga una saludable ignorancia de los secretos siderales).

 

 

 

 

Yo sé que el Universo me rodea permanentemente, pero lo siento de noche al fijarme en las estrellas.

Percibo un espacio negro y profundo en todas direcciones, y la infinitud de astros en distancias poco imaginables.

Nada es imposible en la inmensidad tan plural, y debo anclar la imaginación para no flotar sin rumbo por el exagerado mar del cosmos.

Debo aterrizar en mi entorno cotidiano, para no volar en las casi imposibles coordenadas.